DESERTIFICACIÓN
La España Sahariana, un hecho inexorable

España es el país de Europa más activo en un proceso galopante e irreversible de desertización. Las provincias de Almería y Murcia no tienen apenas un árbol y hay escasos prados, y regatas. Cuando llueve lo hace torrencialmente, entonces se producen inundaciones. Y es que el desierto del Sahara avanza inexorable hacia el norte (y no tanto hacia el sur) y el mar no aísla a las islas Canarias de un fenómeno general, sobre todo las de Fuerteventura y Lanzarote.



Es un fenómeno mundial, pero no tanto europeo como africano. Se salva a duras penas el País Vasco, la costa cantábrica y Galicia, aunque allí los incendios forestales demasiado frecuentes favorecen la erosión. Estas zonas aparecen siempre verdes en los mapas meteorológicos del satélite Meteosat. Y es el cielo de esa costa atlántica el que, con excepciones, llora más y en general mantiene la tierra húmeda sin grandes inundaciones, aunque también en eso se ha empeorado muchísimo estos últimos años también en el Norte, porque al clásico sirimiri de antaño ha sucedido el chaparrón semitropical, lo cual como síntoma no es halagüeño sino todo lo contrario. Eso son señales alarmantes, porque gotas de agua las ha habido siempre esporádicas, incluso en esas zonas verdes.

Y es que el clima ha cambiado, incluyendo al mismo Sahara. Lo testimonian las pinturas rupestres de Ahagar y Tassili en Argelia; entonces el actual Sahara ofrecía (eso era hace miles de años) una naturaleza de herbazal, verde que ha desaparecido bajo la arena. ¿Quién imaginaría al contemplar las inmensidades áridas del sur del Irak que esta región fue la cuna de la civilización de Mesopotamia hace 6.000 años?.

Y refiriéndonos a las islas Canarias, quién hubiera pensado en 1619 cuando el navegante normando Juan de Bethencourt desembarcó en el vergel de las Canarias, que dos de ellas, Fuerteventura y Lanzarote, se hallarían hoy entre las tierras que están a merced del espejismo del Sahara, aunque los turistas lo tienen bastante arreglado para que no lo noten. Fuerteventura era en 1640 un inmenso bosque poblado de burros. Hoy el desierto de Jata, al sur de la isla, avanza paralelo al desierto africano.

Y con él el 64% del terreno cultivable del territorio español está amenazado. Murcia, en la zona árida mediterránea de España, con una precipitación media anual de 200 mm. será una región desértica para el 2020. Cuando falta el agua durante dos decenios seguidos –como en la zona de Levante- es que la tendencia general del clima a la aridez irreversible.

En España, parte es culpa del hombre

Durante la década de los 50 y 60 España se lanzó a un desarrollo exagerado y mal planificado sin pensar lo más mínimo en sus consecuencias ambientales. Se gastó en plan desmesurado el agua para abastecer concentraciones industriales gigantes, urbanizaciones lujosas (con campos verdes de golf, diseñados para turistas), en el litoral nuevos campos de cultivo en zonas semiáridas, mayor presión sobre la ganadería, y más proyectos descabellados desde el punto de vista ecológico y sostenible.

Eran, decían los naturalistas, cosas del régimen franquista- pero a partir de la muerte de Franco, todo siguió igual o peor. La anunciada Reforma Agraria no se llevó a cabo y en Andalucía la población campesina se vio sin futuro y sin esperanza.

Con la progresión de la aridez, un fenómeno que avanza desde hace 25.000 años, se siguió desarrollando en España un modelo de agricultura intensiva, sobre todo en Andalucía y en las regiones levantinas, inadecuado y letal. Ahora todo se espera del turismo.

Este tipo de agricultura exige inmensos volúmenes de agua para riego, que alimentan una industria feroz , cuyos principales mercados se encuentran en una Europa donde el marco, la libra esterlina y el euro pagan con severidad tomates, lechugas, fresas y claveles regados con agua que vale su peso en oro. En esa clase se ha situado siempre la lucha del sur con el norte para la llegada del agua excedente de las cuencas septentrionales, ya que el mantenimiento de esta agricultura intensiva, productiva pero en muchas ocasiones agresiva con el medio ambiente, exige del aliento cada vez más de abundante de agua.

Los trasvases que encadenaban al Tajo y al Segura, no resultaron a satisfacción ni llegaron a funcionar con la agilidad legal deseable., por motivos políticos.

No se estudió a fondo el problema de los costes de explotación, mantenimiento y amortización cada vez que se refería a trasvases. Laisser faire, laisser passer. Según sus primeros números sería difícil alcanzar unos costes por debajo de precio a que se aspiraba el metro cúbico, con lo que, según las cifras oficiosas, el rendimiento medio por hectárea no alcanzó las expectativas sino todo lo contrario…

Un paraguas para frenar una gota

El Consejo Nacional del Agua elaboró un esbozo de cómo podría quedar el plan de transferencias entre cuencas hasta el 2010. La principal novedad, aparte de la consolidación del trasvase Tajo-Segura era la conexión del Ebro y el Duero con las regiones levantinas y Andalucía, que verían mejoradas sus aportaciones al Guadalquivir. Pero es de sobra conocido lo que ocurrió en esas situaciones tan conflictivas y políticas sin resultados tangibles. Y obsoletos para el tema de la desertificación que nos ocupa.

La aprobación del Plan Hidrológico Nacional, bueno o malo, útil o quimérico, resultó empresa complicada, lo fue también más por motivos políticos que técnicos o económicos, aunque estos tampoco faltaban. A fines de siglo, las consecuencias de esta errónea idea de progreso llevaron ya a España, entre otras cosas, a que un 60% de su territorio quedara bajo la amenaza de la desertificación y a que el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) considerara a España como el único país de Europa con riesgos tan extremos de pérdida irreversible de suelo. Y de poco sirven en ese caso los entusiasmos derrochados hace una par de años para ganar la Copa de Europa de fútbol y ahora el Mundial de Suráfrica sirven de poco en otros horizontes no deportivos si la gente no gana en consciencia de lo que se avecina en campos no tan verdes como el césped del terreno de juego.

Y todo esto no es ni un complot europeo ni un intento de mala propaganda política, ya que como dijo Juan Puig de Fábregas, responsable entonces de la Estación Experimental de Zonas Áridas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Almería, ni la sequía, ni los incendios, ni las lluvias torrenciales desembocan en la desertización: “si nuestros regadíos hubieran estado mejor estructurados, social y económicamente, funcionando al nivel de consumo permitido por la disponibilidad del agua; si nuestros montes hubieran estado poblados, trabajados con una agricultura de secano dinámica y comprometida con el futuro, probablemente las pérdidas hortofrutícolas, las superficies devoradas por el fuego y la violencia las riadas hubieran sido menores”. Pero eso fue ya agua pasada.

Todo lo que hemos escrito es algo así como decir que para frenar una gota de agua basta un buen paraguas. Pero las cifras mismas cantan otra canción mucho más, no le llamemos fúnebre, pero lamentable. Sí, una salsa que desentona frente a Europa. Los gastos anuales de la desertización se elevaban a 26 billones de dólares, cifra que no fue fácil de entrar en las estadísticas oficiales. Eso sólo y sobre todo en producción que se perdía mientras la desidia producía catástrofes como la del lino, de la que se prefería no mencionar “hasta después de las elecciones”. Pero aquellas elecciones se fueron hace mucho y todo siguió igual, y ahora estamos en el 2010.



La flojera de los grandes de Medio Ambiente

La inercia de medio ambiente de Madrid sigue en el año 2010, que es un ejemplo de las consecuencias del fenómeno del que tratamos pues el invierno que hemos pasado en toda Europa no es un producto de la casualidad sino la resultante del calentamiento global y del deterioro del medio ambiente.

El frío polar que hemos sufrido ha dado paso al verano, es decir, que ha habido sólo dos estaciones como en el trópico y es que el clima como hemos dicho ha cambiado porque las nevadas de este invierno son atípicas.

Para resumir el tema desertificación del año 2000 al año 2010 como no tenemos a mano todos los mapas de la Península Ibérica que nos muestran las zonas verdes, hemos seguido la trayectoria de una organización como “ecologistas en acción” a través de la cual se aprecia claramente, sin exageraciones que en España la amenaza de la desertificación que es irreversible no se toma con la seriedad de vida. Al parecer sigue siendo más importante el mundial de Suráfrica que todo lo que ha denunciado la organización ecologista citada, no se ha tomado en consideración en las altas esferas de Medio Ambiente, sea quien sea, el Ministro a cargo de este problema. Damos paso pues tomadas un poco al tun-tun las protestas reiteradas año tras año de “Ecologistas en Acción”.

Ecologistas en Acción, confederación que agrupa a 300 organizaciones ecologistas (entre ellas “Ekologistak martxan”, exigió en el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, la puesta en marcha de forma urgente de un Programa de Acción Nacional de Lucha contra la Desertificación, compromiso que el Gobierno español suscribió en 1996, que permitiera detener el espectacular avance de la desertificación.

Y tuvo que lamentar que llegado el Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, lo único que se presentó fueron unas Directrices para ese plan.

Este nuevo retraso y la lentitud en la adopción de medidas, contrastaba-decía un comunicado de la organización ecologista con las constantes declaraciones del Gobierno de Madrid sobre el grave problema que representa la desertificación del territorio, y el incumplimiento del compromiso de la anterior Ministra de Medio Ambiente, Isabel Tocino, que prometió que en se presentaría ese Plan. Tal cosa naturalmente no se cumplió.

 Los ecologistas consideraron que la celebración de ese Día Mundial, se reduciría a una pantomima mediática sin repercusión real en la lucha contra la desertificación. La desertificación es un proceso de degradación y pérdida de suelo que a su vez disminuye la capacidad de la tierra para retener agua. Es un problema que afectaba al 40% de la superficie del planeta y a 250 millones de personas repartidas por todos los continentes, especialmente en el africano.

El porqué del avance inexorable del desierto

Las talas forestales intensivas, incendios, agricultura, sobrepastoreo y cambio climático son los factores que los expertos identifican como principales causantes del rápido avance del desierto. En España el 43,5% del territorio está sometido a procesos de desertificación y el 18% se encuentra gravemente afectado, estimándose en 67 millones de toneladas el suelo que se pierde anualmente.

La salinización de los acuíferos en prácticamente todo el litoral mediterráneo es otro efecto derivado de la pérdida de retención de agua y de una nefasta gestión agrícola.

Ecologistas en Acción entiende que la única forma de luchar contra la desertificación y la sequía pasa por la aplicación de una auténtica política sostenible, en materia energética, forestal, agrícola e hidrológica, que garantice la conservación y defensa de los ecosistemas que albergan la gran riqueza en biodiversidad, y de los propios suelos donde se asientan.

En octubre del 2007 la Ministro Cristina Narbona convocó la Conferencia Sectorial de Medio Ambiente para tratar, entre otras cuestiones, el Programa de Acción Nacional contra la Desertificación. Aprovechando que se celebra en Madrid la octava Conferencia de las Partes de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, el departamento de Narbona dio a conocer a los representantes de las comunidades autónomas un documento cuyo objetivo era «la prevención o reducción de la degradación de las tierras, la rehabilitación de tierras parcialmente degradadas y la recuperación de tierras desertificadas».

“Sin embargo, el documento decía el diario “el Mundo” no contempla ninguna medida nueva para luchar contra la desertización, a excepción de la propuesta de crear un Sistema Integrado de Evaluación y Vigilancia de la Desertificación en España”.

A lo largo de 210 páginas, más anexos, «no se baja al terreno de la acción», denuncia Theo Oberhuber, coordinador de Ecologistas en Acción. Una opinión, pero que el propio documento reconoce: «El Programa de Acción Nacional pretende integrar un conjunto de medidas que en su mayor parte son objeto de políticas y planes ya existentes en el país». Así, por ejemplo, entre los instrumentos para lograr la planificación y ordenación del uso de la tierra se citan planes ya aprobados, como la Estrategia de Desarrollo Sostenible o la legislación de Ordenación Territorial (así de generalista se cita en el texto), y sólo se propone la elaboración de normativas de incentivos, sin más.

Asimismo, y tal como se denuncia desde los grupos ecologistas, el plan no cuenta con un presupuesto detallado y sólo recoge inversiones de otros planes sectoriales ya aprobados y que de una u otra manera pueden beneficiar a la lucha contra la desertificación.

Lo mismo ocurre con el resto de «esferas de acción», como la ordenación de los recursos hídricos, la conservación del suelo, la silvicultura, las actividades agrícolas, la ordenación de pastizales y praderas y la protección contra los incendios forestales que, por cierto, representan el principal agente de la degradación del suelo por pérdida duradera de vegetación natural en nuestro país.



No obstante, el secretario general de Biodiversidad, Antonio Serrano, dijo a ABC que el hecho de que se enumeren tantas líneas de actuación es lo habitual en este tipo de convenciones de la ONU, que «se centran en objetivos horizontales en los que convergen muchas actuaciones».

Sigue sin haber un plan de acción contra la desertificación

La lectura del documento lleva a Theo Oberhuber a definirlo como «una recopilación de lo que ya se está haciendo, cuando lo que hay que hacer es revisar eso y elaborar un plan de trabajo, estrategia, plan de acción o lo que sea, pero que sirva para evitar la desertificación». A su juicio, y en el contexto de la celebración de la Cumbre de Naciones Unidas en nuestro país, «parece que el documento se ha elaborado como una justificación ante el Convenio de Lucha contra la Desertificación y en base a sus criterios técnicos», que en su día se perfilaron pensando sólo en África.

Sin embargo, se trata de un proceso que afecta a diferentes y amplias zonas del planeta y España no se queda atrás. Muchas zonas se encuentran «potencialmente afectadas por el proceso», dice el documento. De hecho, más de dos terceras partes del territorio español pertenecen a las categorías de áreas áridas, semiáridas y subhúmedas secas. En el mapa de Meteosat puede observarse que toda la mitad sur, a excepción de las cadenas montañosas más elevadas, más la meseta norte, la cuenca del Ebro y la costa catalana entran dentro de esa categoría y, por tanto, son susceptibles de favorecer el avance de los desiertos.

El coordinador de Ecologistas en Acción seguía asegurando que probablemente el nivel de desertificación sea más grave, porque los métodos de cálculo utilizados priman los efectos de la erosión sobre la pérdida de suelo fértil. En este sentido, Oberhuber recordaba que en el año 2002 España era el país europeo que había perdido más suelo fértil en aras de la urbanización, y por eso dice no entender que no se haga casi mención en el texto que se presentó al desarrollo urbanístico y a la construcción de infraestructuras de transporte.

El litoral sobre todo en Levante dejado de la mano de Dios

Preguntado por esta cuestión, Antonio Serrano aseguró que «no es el principal problema», pues «el urbanismo en España sólo representa un 3% del total del territorio nacional y la superficie urbanizable es del 8-9%», si bien reconoció que la urbanización está creciendo a un ritmo muy elevado en el litoral, lo que definió como «un problema de concentración». En su opinión, las infraestructuras de transporte y la urbanización sólo tienen «efectos locales» en el territorio, siendo el abandono de la agricultura y la pérdida de población en el medio rural las principales causas para la desertificación. En este sentido, el Programa de Acción confiaba en las soluciones que pueda aportar la futura Ley de Desarrollo Rural Sostenible, ya planteada y que está en tramitación parlamentaria.

Según los datos que se recogen en el Programa de Acción Nacional contra la Desertificación, más de 7 millones de hectáreas, un 14,62 por ciento de la superficie total, están en riesgo alto de desertificación, mientras que en más de 9,5 millones de hectáreas ese riesgo es medio. Junto con las zonas en riesgo muy alto y aquellas en las que esta amenaza es baja, aunque existe, el total de zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas en nuestro país asciende a 36 millones de hectáreas, el 72 por ciento del territorio.

Unas cifras que trasladadas al mapa de España suponen que sólo quedarían fuera del ámbito de lucha contra la desertificación la Cornisa Cántabro-Pirenaica y las grandes alturas de los Sistemas Central e Ibérico y de los sistemas montañosos de la mitad sur de la Península. Y es que dos terceras partes de nuestro país corresponden a climas subhúmedo seco, semiárido o árido. Puede decirse que la aridez va aumentando desde el noroeste hacia el sureste, donde sólo llueve de un 5 a un 20 % del agua que se evaporaría o aprovecharía, con zonas húmedas intermedias en las áreas montañosas.

En el Estado español el 40% del suelo está amenazado por procesos de desertificación-insistía Ecologistas en Acción- y la velocidad con que avanza este fenómeno es alarmante. Las principales causas de la degradación del suelo hay que buscarlas en la mala gestión de los recursos hídricos, una inadecuada actividad agraria, la construcción de grandes infraestructuras y el descontrolado desarrollo urbanístico en las costas.

La desertificación no es el aumento de extensión de los desiertos existentes, sino el proceso de degradación de las tierras en áreas áridas, semiáridas y subhúmedas secas. Es un proceso gradual de pérdida de productividad del suelo y de adelgazamiento de la cubierta vegetativa por efecto de las actividades humanas y de las variaciones climáticas. Más de 250 millones de personas padecen directamente los efectos de la desertificación, y una tercera parte de la superficie terrestre -más de 4000 millones de hectáreas- está amenazada de desertificación.

En España, a pesar de que el diagnóstico científico y cartográfico inducen a pensar que se sabe técnicamente como frenar las causas que desencadenan los procesos de pérdida de suelo, hasta la fecha no ha habido voluntad política para tomar las medidas adecuadas. Por esta razón, -y con motivo de la celebración de un nuevo Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía (10º)-, Ecologistas en Acción se dirigió a la Ministra de Medio Ambiente para solicitarle que considere prioritario la elaboración del Plan de Acción Nacional de Lucha contra la Desertificación.

España primer clasificado en la erosión y pérdida del suelo

El Estado español, se encuentra a la cabeza entre los países desarrollados afectados por la desertificación. Uno de los principales factores desencadenantes de esta situación es la erosión o pérdida de suelo fértil. Siete provincias presentan niveles de erosión por encima del 90% de su superficie, son Almería, Murcia, Valencia, Tarragona, Las Palmas, Alicante y Castellón. Las Palmas y Alicante están afectadas en un 100%. Por otro lado, un reciente informe hecho público por la Comisión Europea, Eurosión, alerta de los procesos de erosión en las costas, principalmente como consecuencia de la construcción de infraestructuras que bloquean la llegada de sedimentos al mar. En España, las costas más afectadas están en la Comunidad Valenciana, Andalucía, Cataluña, Islas Baleares y Cantabria.



El origen principal de la erosión se debe a las malas prácticas en agricultura, concretamente, el 75% de la erosión se produce en los suelos agrícolas, mientras que estos ocupan tan sólo el 40% de la superficie total. Otras causas que desencadenan esta situación se encuentran en la explotación insostenible de los recursos hídricos, que es causa de graves daños ambientales, incluidos la contaminación química, la salinización y el agotamiento de los acuíferos. Pérdidas de la cubierta vegetal a causa de repetidos incendios forestales. Concentración de la actividad económica en las zonas costeras como resultado del crecimiento urbano, las actividades industriales, el turismo de masas y la agricultura de regadío.

Según Ecologistas en Acción, las actuaciones en materia de protección de suelos debían tener como principal objetivo el desarrollo de una gestión sostenible de las tierras agrícolas, de los recursos hídricos y de la ordenación del territorio.

La VIII Convención de Naciones Unidas para la lucha contra la desertificación se cerró en 2007 sin que los países reunidos en ella durante 13 días acordaran cuánto dinero poner en la mesa para contrarrestar el deterioro de los ecosistemas. El culpable fue esta vez Japón, que a última hora bloqueó las negociaciones y vetó el incremento del presupuesto esperado. La desertificación afecta a la subsistencia de 1.200 millones de personas en todo el mundo.

La VIII Convención de la ONU contra la desertificación

Ese importante evento se había iniciado con discursos esperanzados y el deseo de que sirviese como punto de inflexión para solucionar un fenómeno que destruye los suelos de una tercera parte del planeta. Nada de eso ocurrió. Tras 13 días de charlas, 2.000 asistentes, 191 países, conferencias, trasiego de expertos, diplomáticos, folletos informativos, declaraciones, ruedas de prensa, almuerzos, y demás (todo ello con un gasto de "4 millones de euros", según la ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona), lo máximo a lo que han llegado los 191 países miembros es a acordar un plan estratégico para los próximos diez años.

El sí al plan era a lo mínimo a lo que aspiraba la Convención. Estaba redactado de antemano y al principio del encuentro todos los países lo daban por bueno. El problema es que el plan carece de presupuesto y, por tanto, según los ecologistas que han seguido la convención durante las dos semanas, no es una buena arma para solucionar el problema. Las organizaciones conservacionistas WWF/ Adena, Greenpeace y Ecologistas en Acción calificaron de "fracaso" los resultados.

El principal causante de ese final fue Japón. Los delegados japoneses se opusieron hasta altas horas de la madrugada al aumento del 5% que planteaba España y que, a duras penas, había aceptado Estados Unidos, el otro país que ofrecía más resistencia. El aumento del 5% resultaba escaso, no sólo porque los países pobres pedían entre el 15% y el 20%, sino porque la cifra sobre la que se calcula esa subida es de 17 millones de euros, una cantidad nimia para los presupuestos que maneja la ONU normalmente.



La ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, lamentó el veto de Japón y explicó que aún había una posibilidad de desbloquear la situación durante el periodo de sesiones de la Asamblea de Naciones Unidas en Nueva York. "Lamento que Japón haya bloqueado el presupuesto pero espero que se resuelva pronto.

La sociedad no tiene conciencia del valor del agua

La desertificación es "grave" en España pero "dramática" en África, lo que conlleva el "drama" de las migraciones ilegales

El presidente de la Sociedad Europea de Conservación de Suelos y director del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE), José Luis Rubio, indicó hoy que el de la desertificación es "quizás" el problema ambiental más grave que existe en España, un proceso "insidioso y solapado que va actuando paulatinamente" pero del que la sociedad no tiene conciencia y no percibe "la gravedad de la amenaza".

En este sentido, Rubio señaló a una agencia de prensa que la desertificación se visualiza en nuestra sociedad "como algo lejano en el tiempo en el espacio", como "un problema africano o que no llegará", pero que sin embargo, "es un proceso insidioso y solapado que va actuando paulatinamente" aunque "sólo es muy visible" en algunas situaciones catastróficas como inundaciones, colapso de laderas o sequías muy acentuadas.

Este experto, premio Jaime I de Protección Ambiental en 1996, manifestó que España es el país más afectado por desertificación en Europa, porque es el más árido, y tiene en el Sur, Sureste, Este y parte del Centro sus zonas más afectadas. Al respecto, explicó que hay entre un 5 y un 7 por ciento del territorio "irreversiblemente perdido"; alrededor de un 30 por ciento "con situaciones graves de desertificación" y hasta un 65 por ciento con procesos "apreciables" de desertificación. En conjunto, dijo, "son dos tercios del territorio los que se ven afectados por este proceso".

La desertificación, señaló, tiene "múltiples" consecuencias y repercusiones. Así, influye en el suelo, que "pierde su capacidad de ser soporte de producción agraria y del paisaje, de regular los recursos hídricos y de ser base de semillas", además de perder capacidad de amortiguar lluvias torrenciales.

En su opinión, el territorio español se encuentra "enfermo", pero su patología tiene un diagnóstico y unas posibilidades de actuación. "Es un enfermo que puede recuperarse, pero es preciso una voluntad decidida de la sociedad por percibir la gravedad del proceso y una actuación activa a nivel social e individual".

Respecto a la falta de agua, Rubio comentó que los consumos de este recurso "siguen imparables" y que se han "sextuplicado" desde los años 50, hasta convertir a España en el quinto consumidor mundial per cápita de agua. En este sentido, comentó que en el agua "tenemos la asignatura pendiente de ahorrar mucho más, de desarrollar nuevas tecnologías" y de lograr la eficiencia. Así, dijo, "hay un enorme campo de actuaciones en reciclaje, reutilización y utilización con mayor eficacia, y hay que actuar a nivel de conducciones, de uso agrícola, doméstico o industrial".

Para este experto, el futuro es "muy preocupante" y nada halagüeño. Al respecto, comentó que la amenaza de desertificación, el cambio climático y la "escasez" de recursos hídricos, "nos confronta a un futuro que será probablemente más árido, inhóspito y hostil".

Rubio indicó que la situación de desertificación es "grave" en España pero "dramática" en el Norte de África y otros países del continente negro, que pierden sus condiciones de subsistencia, lo que implica "desplazamientos forzados y el drama de las migraciones ilegales que vemos día a día".

"Nosotros nos jugamos el territorio, un territorio que lleva visos de convertirse en un medio más seco, árido y hostil".

No lo dijo el señor Rubio, pero sin duda estaba pensando en el desierto del Sahara.