George L. Steer
El bombardeo de Gernika

Reconstrucción de su libro, "El Árbol de Guernica"

 El crimen de Gernika hubiera pasado casi desapercibido si no es porque un joven corresponsal de “The Times” de Londres, sudafricano, de 26 años, llamado George Lowther Steer con otros periodistas de habla inglesa visitaban, como todos los días el sector Este del frente vasco, durante la guerra civil, que Franco desencadeno el 18 de julio de 1936. El día 26 de abril 1937 en su labor informativa llegaron a Gernika abriéndose paso con dificultad: la villa estaba abarrotada de gente; unos 7000 habitantes, otros tantos refugiados, incluido mi tío Raimundo Olabide, lingüista, que se había alojado allí y traducía el Nuevo testamento del sánscrito.

En ese momento estaban con Steer, el periodista belga Mathieu Corman, Christopher Colmes, nacido en Birmania y Noel Monks, australiano. No pasaba nada en ese momento. Había partidos de pelota en el frontón y en el único cine se proyectaba la película “Infamia”. Eran las 2:30 de la tarde.
Ahora habla Steer... “nos habían comunicado por medio del Estado Mayor Vasco, el bombardeo de Markina, Bolívar, Arbazegi y Guerrikaiz. Todos los pueblos, en el camino de nuestro regreso habían sido arrasados.

La destrucción de Arbazegi obstaculizaba nuestra vuelta a Markina. Cerca de la iglesia había cuatro muertos. A lo largo de la carretera, dos caseríos habían quedado esparcidos en escombros humeantes. Pasamos sobre ellos y descendimos por el otro lado, en dirección al campo, donde vimos los hoyos de las bombas más enormes que habíamos visto en nuestra vida, aun calientes y apestando a metal fundido. Tenian siete metros de profundidad y catorce de diámetro. Eran verdaderos cráteres lunares. Nos quedamos atónitos mirándolos. De repente, en la pequeña iglesia de la ladera del monte comenzó a replicar la campana.
Dos viejos sacerdotes y algunos habitantes del pueblo corrían a trompicones sobre los escombros y cuajos de hierba verde arrancados por las bombas. Se refugiaron bajo la torre de la iglesia. Se hizo el silencio en el pueblo. No se veía a nada ni nadie: solo las llamas que consumían algunas casas y, en las paredes, los manchones grises del fuego.

De repente sobre la colina del noroeste, procedentes de Gernika, venían seis cazas en formación. Se acercaban muy rápidos, en vuelo horizontal en línea recta. Sus motores producían un ruido que significaba guerra relámpago. A los pocos segundos estaban sobre el pueblo. Volaban tan bajo que se podía ver a los pilotos y advertir, a simple vista, toda clase de detalles, incluso las ruedas separadas, y el morro espigado, característico y exclusivo del caza alemán Heinkel 51.

Christopher Corman y yo pensamos que el mejor refugio eran lo embudos de las bombas, y nos metimos en uno, llegando al fondo en dos zancadas. Desde dentro, el agujero parecía menos seguro: era muy ancho y dejaba ver demasiado cielo. Pero, al fin de cuentas, era un agujero y nos tendimos en su parte sombreada, entre terrones de arcilla y fragmentos de bomba.

No había movimiento humano visible en el pueblo, ni trafico, no vehículos estacionados en el, excepto nuestro automóvil. No obstante, lanzaron unas cuatas bombas ligeras y ametrallaron a su antojo el lugar hasta que pensaron, por lo visto, que habían sacudido el polvo de los tejados que aun quedaban.

Dieron varias vueltas y se fijaron en nosotros. Durante quince o veinte minutos se dedicaron a hacernos pasadas a todo gas, lanzándose en picado sobre el embudo, haciendo cantar a sus ametralladoras desde 200 pies de altura. La única salvación, para nosotros, era hacernos los muertos, y nos preguntábamos a veces si no lo estaríamos de verdad. El viejo Corman me estaba contando una larga historia. A mi me hirio en mi dignidad de ciudadano ingles el tener que morder tierra ante la aviación alemana aunque en la cola llevaban el aspa de San Andrés, sobre fondo blanco, distintivo de la “Aviación Nacional” de  Franco, pero la verdad es que no se me ocurría otra alternativa de salvación. Era incluso muy difícil pensar.

 Había tenido, antes y después, esa misma experiencia de estar bajo el fuego de las ametralladoras, pero jamás fui un blanco tan fácil. Estaba terriblemente impresionado. Mi experiencia debió ser idéntica a la de cualquier joven gudari. El acoso continuo desde el aire no asusta: paraliza. Salimos del hueco muy lentamente, sin mirar demasiado a nuestro alrededor, son intentar siquiera pensar en el futuro o en el presente. Estábamos listos para cualquier sorpresa.

El terror de la gente del pueblo era real y no medio embrujado pero, sobrehumano, como el nuestro. Dimos la vuelta con nuestro coche, ante el muro en llamas y pudimos comprobar que el coche tampoco haba sido alcanzado. Pedimos al chofer que nos condujera rápidamente a Bilbao.

En el camino de regreso tuvimos que detenernos dos veces y esperar a que pasasen aviones enemigos. Ahora se trataba de bombarderos ligeros Heinkel 111 y vimos varios a nuestra derecha, en dirección al valle de Gernika. Al cruzar el paso a nivel oímos el estruendo de un bombardeo más hacia el norte, donde el mar termina y comienza el verde valle. No podíamos ver nada, se interponían unas colinas. Las bombas debían ser lanzadas por los aviones Heinkel 111 que habíamos visto pasar sobre nosotros. Estábamos hartos de impresiones por aquel día y proseguimos nuestro camino a Bilbao sin detenernos, para poder escribir nuestros reportajes. No sabíamos, no nos imaginábamos que el objetivo de la aviación alemana podía ser Gernika.

 El reloj de nuestro coche marcaba las cuatro y media de la tarde del lunes, 26 de abril de 1937, cuando terminamos nuestro reportaje.

El lunes era pues, día de mercado en Gernika, antes de su destrucción y justamente a las cuatro y media, en verano, estaba atestado de gente. La guerra civil no había impedido a los campesinos de los alrededores llevar para la venta a sus animales y los productos del fértil valle. En cierto sentido, el negocio podía ser incluso mejor. La población de Gernika, de 7000 habitantes, se veía aumentada por otros 3000 refugiados, mas dos batallones vascos que estaban en descanso. Algunos facciosos adinerados habían sido encarcelados o se habían escapado, pero eran solo unos pocos. Ninguno fusilado o maltratado. Sus bellas mansiones de piedra con sus floreados escudos tallados sobre puertas a doble batiente, estaban cerradas. También es verdad que sus propietarios no solían utilizar el mercado y que, aun en tiempo de paz, la mayoría apenas visitaba Gernika. Por otro lado el Gobierno Vasco había prohibido la compra de víveres, de particulares directamente en caseríos o tenderetes, para evitar posibles abusos de los aprovechados, propios de cualquier guerra o desastre. Los que descaban provisiones las podían encontrar solo en el mercado de los lunes en Gernika u otros pueblos. El 26 de abril, la villa histórica era, pues, un hervidero de gente de todas las edades. Había en la feria cantidad de ganado.

Gernika siendo una modesta villa del campo de Vizcaya. La conducta de su población era la de siempre: los sacerdotes andaban vestidos de sotana por la calle y en las iglesias había misa todos los días sin excepción.

Los dos batallones nacionalistas vascos estaban estacionados al norte, bajo un bosque de árboles muy verdes, en la carretera que conduce a Bermeo, Era muy populares en el pueblo. En Gernika se hallaba un puesto de la Policía Motorizada vasca. No había tropas en retirada atravesando la ciudad. El ejército en combate se hallaba más allá de Markina, muchos kilómetros al este y en el Oitz, varios kilómetros al sur. Gernika estaba muy lejos del frente en la retaguardia en la vía de comunicaciones, según el plan de Mola y franco, con Bilbao la destrucción de Gernika aislaría a los ejércitos en retirada, del Estado Mayor General y de su base. La víspera, los gudaris bajo el mando de Joseba Elosegi, habían organizado un baile vasco (la makil dantza), para entretener a tanta gente. Por otro lado aun suponiendo que volaran los puentes, el ejército podía atravesar el río sin ningún inconveniente, porque lleva muy poco agua.

 Después de las cuatro, desde los caseríos se dirigían a Gernika las carretas de ruedas macizas de madera tiradas por yuntas de bueyes, con sus cabezas cubiertas por pieles de cordero con densos rizos de lana. Los campesinos vascos, enfundados en sus largas blusas de marcado, caminaban de espalda ante sus bueyes. Hablaban a sus animales. Otros conducían rebaños de corderos al mercado. Había una especie de asamblea de animales cerca de la iglesia parroquial de estructura soberbia, alta y oscura en su interior, con aspecto de cueva, asentada sobre una escalinata de peldaños bajos como si fueran un montón de hojas colocadas unas sobre otras.

 Nadie en la villa pensaba probablemente en la guerra cuando, a las cuatro y media, la campana de la torre de la iglesia comenzó a sonar con estrépito. En todo el país un toque de campana a rebato con una sola campana significaba alarma aérea. La población corrió a buscar refugio y los corderos de la plaza se quedaron solos, librados a su propia suerte.

 Había numerosos refugios en Gernika, habilitados después del terrible raid aéreo perpetrado contra Durango el 31 de marzo un mes antes. Los sótanos estaban cubiertos con sacos de arena y las entradas también. Un letrero de cartón sobre la puerta con la palabra “Refugio”, artísticamente pintada, indicaba al pueblo donde debía meterse. Pero eran endebles como el cartón. Aunque había habido pocas alarmas en Gernika desde el comienzo de las hostilidades, toda la población vasca tomaba muy en serio la alarma de las campanas de la iglesia.

 Unos minutos después, apareció un Heinkel 111 y lanzo seis bombas de calibre medio, probablemente de unas 50 libras, cerca de la estación, junto con una tromba de granadas. Un directivo de la Compañía de Ferrocarril, que se hallaba en la oficina, telefoneó a Bilbao para informar de que en aquel momento un aeroplano bombardeaba Gernika. El Gobierno Vasco mando socorro: los bomberos de Bilbao, cuantas ambulancias encontró y ayuda médica. El consejero del Interior, Monzón salio hacia Guernika.

 Momentos más tarde apareció otro Heinkel 111 que bombardeo la misma zona, peor esta vez con más aproximación. El teléfono con Bilbao quedo interrumpido. El avión barrió a la población con sus ametralladoras de frente y costado, disparadas al azar. Finalmente, enderezo la marcha, giro y se fue de vuelta a su base.

 El párroco, Arrontegui, salio de su iglesia con los sacramentos para socorrer a los que, según le habían informado, agonizaban cerca de la estación de ferrocarril. Marchaba tranquilos a través de las calles con el óleo sagrado. Todavía no habían comenzado los incendios.

 Pasaron quince minutos y la gente comenzó a salir de los refugios. De pronto se oyó un insistente ronroneo de motores hacia el oeste. Era el ruido de los que, en momentos menos trágicos, solíamos llamar los tranvías, los bombarderos Junker 52, tan toscos y pesados que mas parecían estar colgados de algo, que volando por si mismos. Fueron los bombarderos mas pesados que Alemania envió a España, meses atrás y qué, acondicionados, sirvieron para pasar miles de mercenarios moros y de la Legión por sobre el estrecho de Gibraltar. El primer puente aéreo de Hitler.

 Los Junker vaciaron su carga de bombas por grupos de una tonelada cada vez, sobre la ciudad, cuyas calles no eran sino trincheras vacías. Volaron pesadamente sobre Gernika y las bombas caían mecánicamente en línea, después de cada pasada. Seguía el tremendo estallido de la explosión. El humo se levantó sobre Gernika como si fuera algodón en la cabeza de un negro. Surgió en todas partes a medida que pasaban mas y mas bombarderos pesados.

 Además de las numerosas bombas de 50 y 100 libras, los alemanes lanzaron grandes torpedos de hasta 1000 libras. En una ciudad pequeña y compacta como Gernika casi siempre alcanzaban algún edificio, rasgándolo de arriba abajo verticalmente, haciendo explosión en los sótanos. Las bombas penetraban en los refugios como atravesando papel. La moral de la población había sido buena hasta este momento, empezó a cundir el pánico.

 Una escuadrilla de cazas Heinkel 51, tal vez los mismos que nos habían hostigado a nosotros habían estado ametrallando las carreteras en torno a Gernika, dispersando, matando e hiriendo rebaños y pastores, Cuando la población aterrorizada escapaba de la cuidad, descendían a ras de la tierra para barrerla con sus ametralladoras. Entre los muertos hubo mujeres cuyos cuerpos inertes pude ver después. Emplearon la misma técnica que en Durango, el 31 de marzo, hacia ya casi un mes.

 Los pequeños aviones caza se lanzaban en línea, como el frente de una ola avanza sobre la fresca arena al borde de la playa. Reventaban en espuma, arrojándose en picado, escupiendo fuego sobre el campo. ¡Veinte ametralladoras accionando juntas en línea, y el roncar de diez motores! Volaban siempre con su proa hacia Gernika. Para los pilotos el juego debió ser como dejarse arrastrar por la ola, cuando uno se baña en la orilla del mar. La población, espantada, permanecía entretanto en las cunetas boca abajo o con la espalda pegada al tronco de algún árbol. Algunos se deslizaban contorsionándose en alcantarillas y agujeros, y finalmente, otros, cerraban simplemente los ojos y corrían campo a través de los verdes parados. Muchos cometieron el disparate de encerrarse nuevamente en la ciudad para huir del ataque aéreo. Fue entonces cuando comenzó de verdad el bombardeo pesado de Gernika.

Fue entonces cuando un pesado puño borro la ciudad de Gernika de la faz de aquel bello paisaje de Bizkaia.

Serian, aproximadamente, las cinco y cuarto. Durante dos horas y media escuadrillas integradas de tres a doce aviones de tipo Heinkel 111 y Junker 52, bombardearon Gernika despiadada y sistemáticamente. Eligieron sus zonas de ataque de manera ordenada. Iniciaron la operación al este de la Casa de Juntas y al norte de la fábrica de armas que no resulto alcanzada. Las primeras bombas cayeron como una corona de estrellas alrededor del hospital, en la carretera de Bermeo. Volaron todas las ventanas como impulsadas por un soplo divino, Los heridos de las milicias vascas fueron lanzados fuera de sus camas. La estructura de soporte del edificio se resquebrajo con la vibración.

 Sobre las casas despedazadas, cuyas cortinas, alfombras, vigas astilladas, entarimados reventados, muebles rotos y dispersos, estaban ya listos para ser pasto de las llamas, los aviones lanzaron copos de plata. Eran tubos de dos libras de peso, de una largura aproximadamente igual al antebrazo de una persona, brillantes como la plata: tenían sus paredes externas de aluminio y magnesio. Dentro, como en el principio del mundo de Prometeo, dormía el fuego. Fuego en forma de líquido viscoso plateado, de 65 gramos de peso, listo para fluir a través de seis aberturas situadas en la base del argentado tubo. Era el antecesor del “mapalm”. Así, cuando las casas se desplomaron sobre sus habitantes, llovió fuego en conserva desde el cielo, para abrasarlas.

 Cada veinte minutos llegaba una nueva oleada de aviones. Entre explosión y explosión, los chorros de fuego de metal derretido prendían cortinas y alfombras, puertas y vigas. Un enorme manto gris cubrió Gernika: parecía sostenido desde el suelo por pilares blancos que emanaban de los incendios  En las cortas pausas que ofrecía el arte de la guerra organizada, los habitantes corrían por la ciudad despejando las salidas de los asfixiantes refugios y rescatando a los niños de las casas en llamas. Recuperaban también enseres de escaso valor.

 Se oían gemidos en Gernika y se trabajaba sin tregua  para sacar a los heridos de entre las ruinas antes de que llegara la siguiente oleada de aviones, lo cual sucedía unos veinte minutos después, Los sacerdotes hablaban al pueblo para mantenerlo en calma. Ya para entonces los habitantes de Gernika se habían armado de una especie de espíritu de resistencia pasiva. El rostro de la cuidad se estaba convirtiendo en ceniza y todas las caras estaban de color gris, pero el terror había alcanzado un estado de resignada tenacidad como jamás se vio en Bizkaia.

En los intervalos, algunos escaparon del pueblo, pero el miedo a los aviones de caza y a la separación de sus familias decidió a muchos a permanecer en el. Y lo aviones volvieron una y otra vez cargados con sus tubos metálicos para arrojarlos sobre Gernika, destruir otro sector de la ciudad y enterrar a mas seres humanos en los refugios.

 No se si al lector le habrá ocurrido alguna vez tener que estar sentado en un apeadero de ferrocarril después de perder un tren, teniendo que esperar el siguiente que llegara dos horas y media después. En una estación de un pueblo donde no hay nada que leer, no hay tabaco, ni comida. Las horas se hacen siglo, a no ser que uno pueda dormir. En Gernika era imposible dormir como no fuese el sueño forzoso, que no tiene amanecer ni en Gernika, ni en Bizkaia, ni en este mundo. Y como en Gernika tampoco se podía ni comer, ni fumar y como el humo impedía leer no había otro pasatiempo que dejar que el terror prolongase las horas en días, meses y años. Años pasados en refugios que podían desplomarse en cualquier momento o caminando por las calles de una ciudad irreconocible, en busca de seres queridos tal vez en estado también irreconocible.

 Como se puede apreciar, los que estuvieron en Gernika cuando fue arrasada, en cierto sentido, es como si hubieran estado esperando a un tren en el apeadero de un pueblo del campo, En ambos casos el tiempo transcurría lentamente.

 El sector de la ciudad en el que era posible moverse fue reduciendo. La iglesia de San Juan ardía furiosamente con un enorme agujero producido por una bomba en la mitad un enorme agujero producido por una bomba en la mitad de su techo: el altar y el pulpito ardían como una antorcha. Hasta algunos edificios aislados fueron alcanzados. En la iglesia parroquial de Andra Mari, en la esquina de la palaza donde habían estado los corderos, era presa del fuego la capilla situada detrás del altar.

 Conforme la gente no atrapada en los refugios huía hacia el norte ante el descomunal incendio, los aviones que atacaban Gernika perdieron altura y comenzaron a volar muy bajo. Debía ser muy difícil localizar el objetivo en medio del humo y el hollín que lanzaba aquella hoguera gigante. Volaban a 600 pies de altura con calma, lanzando sus tubos argentados, -bombas incendiarias- que caían sobre las casas que aun estaban en pie, en medio de un horno que desprendía un calor insoportable, y luego los tubos se deslizaban de piso en piso. Gernika era una ciudad muy densa, un enjambre ideal para servir de pasto a los aviones alemanes. Ya nadie se preocupaba allá debajo de salvar a sus parientes i sus pertenencias. Entre bombardeo y bombardeo, las gentes de la ciudad en llamas se sentaban en aturdidos grupos de centenares en las carreteras de Bermeo y Mugika. Afortunadamente, los aviones de caza habían desaparecido y no volaban al acecho de la población civil en fuga, para mutilarla y masacrarla en campo abierto. La gente estaba exhausta por el terror y el calor y se dejaba caer en cualquier parte, como un montón de ropa para lavar que se arroja sin cuidado en el suelo y se deja inmóvil. No había nada que salvar en Gernika, salvo algunos viejos colchones y almohadas, mesas de cocina y sillas que algunos consiguieron sustraer a las llamas. Par alas siete y media de la tarde el fuego estaba devorando totalmente la pequeña y poblada ciudad, excepto la Casa de Juntas y algunas casas de las familias fascistas, que siendo mas ricas que las otras vivían en mansiones de piedra un poco apartadas del pueblo. El voraz incendio no se corrió a sus propiedades, aunque el fuego, bajo el impulso del viento, extendió en algunos casos sus salvajes brazos hasta ellas.

 A las siete y cuarenta y cinco minutos se fue el último avión. Se podía oír entonces, aunque los oídos estaban medio ensordecidos por el ronquido de os motores de los bombarderos pesados y las explosiones de las potentes bombas, el irritante crepitar del incendio, y el estremecimiento que producción las paredes y techos al desplomarse. Gernika había dejado de existir, y conforme caía la noche, la Policía Motorizada vasca hizo varios altos en el camino para comunicar telefónicamente a Bilbao que todo había terminado. Mientras, aquel espantoso horno que era Gernika, pintaba en el cielo toda la gama del rojo. Y las nubes, en silencio y con parsimonia, temblaban el reflejo de su fúnebre movimiento, cubriéndose con un manto de color carmesí, cual si fueran las colgaduras que presiden el fallecimiento de un rey ceremonioso y rico, agitándose sobre el resplandor de Gernika.

 Sobre las colinas, rodeando el cadáver de las más antigua ciudad de los vascos, los caseríos en llamas parecían antorchas. La aviación había descargado sobre ellos el resto de sus bombas, destruyendo muchos.

 Por fin, rompiendo su mutismo y tratando de comprender tamaña experiencia, los que habían sobrevivido comenzaron a preguntarse cuantos aviones habían atacado su ciudad. Algunos afirmaban que ochenta, otros cien, otros doscientos, otros mas. No podían decirlo. Pero los que presenciaron el bombardeo desde fuera de Gernika, contaron entre cuarenta y cincuenta aparatos a la vez, incluidos diez cazas. Los aviones volvieron una y otra vez, con nuevas cargas de bomba, es por eso que saber su numero exacto en las circunstancias era difícil.

 Para el pueblo de Gernika no fue cuestión de cifras sino de terror inconmensurable e infinito. Sus habitantes oyeron nada más el redoblar de los motores y el constante estrépito de las explosiones que escucharon hasta que se fueron apagando poco a poco en sus oídos. No podían ver sino las tambaleantes puertas de los refugios, medio descuadernadas, y los rostros desencajados de sus seres queridos. Los que andaban por la calle vieron solamente las agujas de fuego que surgían bajo aquellos tubos de plata que caían en tropel del cielo, en grupos de 24, enganchados por un eje. A veces, antes de volver la cabeza hacia abajo para protegerse, podían vislumbrar a través de humo, las alargadas alas de los aviones que implacables les masacraban y oían el vuelo sordo de la metralla que barría la cuidad, derrumbando paredes, arrancando tejados y desnudando a los árboles de sus hojas y ramas.

 Cando los que habían huido se deslizaron cautelosamente, de vuelta, en la ciudad, bajo la suave y calida brisa de los incendios que azotaban cada casa, contemplaron lo que yo tuve ocasión de presenciar algo después, aquella misma noche.

De vuelta a Bilbao, Steer envía su crónica a Londres.
 
Ya en Bilbao enviamos nuestra crónica sobre los bombardeos de aquel día, al largo de las líneas de comunicación vivido. Alrededor de las siete, Arbex me comunico que estaban bombardeando Gernika. Añadió que aunque la noticia había llegado bastante antes, ignoraba detalles. No pareció conceder excesiva importancia al bombardeo y yo no pude mencionarlo en mi reportaje. Por otra parte mas datos, no había.

 A las ocho y media estábamos un buen numero de personas cenando en el Hotel Torrontegui de Bilbao: el Capitan Roberts del Seven Seas Spray y su hija Fifi, Arbex, Christopher Holme y varios otros periodistas que se sentaban a la mesa conmigo en el amplio y sombrío comedor poblado de fantasmales damas y viejos partidarios de la derecha, que hablaban en susurros. La cena transcurría normalmente cuando alguien telefoneo diciendo “Gernika esta en llamas”.

 Echamos nuestras servilletas al suelo, subimos al automóvil disparados en la oscuridad, en dirección a Gernika. Aun recuerdo el estado de ánimo en que fui a aquel incendio. Probablemente el mismo con que muchos ingleses recibieron la noticia. Deben estar exagerando –pensaba-. Es imposible que arda una ciudad entera.

 Seguimos al automóvil de Arbex, a los largo de la misma carretera provincial que habíamos atravesado por la mañana. Arbex conducía como un loco, asomando la boquilla de su cigarrillo por la ventanilla abierta. La lumbre del cigarrillo brillaba ante nosotros hasta que su resplandor quedo eclipsado por el del cielo.

 A quince millas al sur de Gernika el color del cielo comenzó a impresionarnos. No era el firmamento inmenso de la noche: parecía moverse con temblorosas venas de sangre. Un destello de vida le daba cuerpo y parecía inflar su suave y redonda piel. Al acercarnos, el cielo se torno de un magnifico color rosa.

 No era posible, todavía, ver el origen de aquella extraña mancha. Gernika se ocultaba tras las montañas entre las que avanzábamos. Pero si pudimos darnos cuenta de que el gigantesco resplandor se debía a espesas nubes de humo y su brillo rojizo a algún gran incendio. La bóveda celeste en su confuso fondo, que lo abarcaba todo, reflejaba a Gernika y vibraba lentamente bailando una danza de guerra sobre los hogares de lmas de 10000 seres humanos.

 Al salir de entre los montes, apareció ante nuestros ojos Gernika. De cada ventana surgían lenguas de fuego, En vez de tejados, no había sino salvajes colgantes en combustión. El armazón de mecano se tambaleaba y un desorden rojo y feroz comenzaba a reemplazar su rígida geometría. Entramos cuidadosamente con el automóvil en Gernika, por la calle que penetraba desde el sur, que ya no era propiamente calle. Una maraña negruzca de vigas y maderosa en combustión y de hilos telefónicos arrancados y caídos, la cruzaban por doquier. Los edificios de ambos lados escupían fuego, con la misma facilidad con que los saltos de Niagara despiden espuma. A nuestra derecha yacían cuatro corderos muertos en un charco de sangre, conforme nos acercábamos a la plaza central, atravesando enormes cráteres de bombas y montañas de tierra fresca ante la Casa de Juntas, vimos junto a la carretera un consternado pelotón de gudaris de l Batallon Saseta, de pie junto a la carretera, como esperando, y medio imposibilitado para interpretar ordenes. El resplandor de las casas en llamas iluminaba sus sencillos y cansados rostros.

 En la plaza, en la oscura penumbra de la Casa de Juntas, el único edificio que aquella noche proyectaba sombra en Gernika, había gente sentada en sillas rotas, tumbada sobre toscas mesas o colchones empapados de agua. La mayoría eran mujeres: varios centenares se extendían en el único espacio abierto disponible y al pasar las vimos caminando a tientas preparando almohadas sucias para intentar conciliar el sueño. Algunas trataban de abrirse paso. Hablamos con ellas y me contaron todo lo sucedido. Aquellas gentes, sacudidas por la tragedia, dan plena autoridad a cuanto escribo. Dos sacerdotes estaban con ellas. El padre Arronnategi no parecía por ninguna parte y le daban por muerto. Se expresaba con gestos desfallecidos y con pocas palabras, lo cual no es normal en el país. Imitaban los extraños ruidos de los bombarderos al lanzarse en picado,  de los cazas al ametrallar, de las bombas ala explotar, del desplome de edificios, de los tubos de fuego que vomitando llamas se extendieron por la ciudad. Tal fue el testimonio doloroso y jadeante que nos dio el pueblo de Gernika. Mas tarde, personas que jamás estuvieron en Gernika, inventaron otras historias.

Unos cientos de los testigos no pudieron testificar. 

Algunos de los testigos del hecho enmudecieron para siempre, Cuando yo llegue estaban rescatando sus cuerpos de las casas en ruinas. De golpe desaparecieron familias enteras. Los cadáveres aparecían magullados y morados. Muchas victimas eran transportadas desde los campos que rodean Gernika: sus cuerpos estaban agujereados por las balas de ametralladora. El cuerpo de una bella joven hizo saltar lágrimas de los ojos de los gudaris, que la depositaron en el suelo del derruido hospital. No pudieron dar una explicación a su llanto, simplemente lloraban.

 Una brigada de bomberos, equipada con una débil manguera, hacia esfuerzos por contener las llamas de la capilla de Andra Mari. Me dirigí, a través de las sombras, a la Casa de Juntas. Los jardines estaban destrozados y las ventanas rotas pero detrás de la Casa se erguía el Roble de las libertades vascas. ¡Estaba intacto! El viejo tronco de color oscuro a cuya sombra, cuando el árbol florecía, los católicos reyes juraban respetar la democracia vasca, resistía en pie. Impasible, en su muerte momificada, allí estaba entre gruesas columnas de color blanco, Los estrados con el escudo esculpido de Bizkai –árbol y dos lobos- latentes, donde se tomaba juramento de sumisión y respeto al Señor de Bizkaia, estaban indemnes y verdes. Esparcidos sobre las losas pude ver algunos pétalos de rosa como confetis rojizos lanzados al anochecer por el bombardeo de Gernika.

 En el centro de la ciudad las dispersas lenguas de fuego se convirtieron en un solo rugido llameante. La Policía Motorizada vasca con Monzón, consejero de l Interior del Gobierno Vasco, contemplaba impotente el espectáculo desde más allá de la plaza. Luego las calles se estrechaban y entre lazaban formando el epicentro del incendio. Intentamos penetrar hacia el centro, pero las calles eran como una gigantesca alfombra de ascuas ardiente. De las casas se desprendían escombros que caían a plomo, y el intenso calos que irradiaban las paredes que aun quedaban de pie era tal, que abrasaba nuestras mejillas y nuestros ojos. Se decía que aun había gente encerrada que salvar allí. En las ascuas se veían los chasis de docenas de automóviles. Pero nada se podía hacer y metimos las manos en los bolsillos preguntándonos como diablos el mundo podía ser tan insensato y como la guerra moderna se había hecho tan fácil.

 Conversamos con los habitantes de los alrededores de aquel tremendo horno, por espacio de dos horas. Fue una serie de cigarrillos para asentar un poco mi espíritu y, después, regresamos a Bilbao, donde me dormí pensando en mi reportaje. En efecto al día siguiente, desde Bilbao Steer envió un despacho al “Times” de Londres, que le periódico publico urgentemente.

 Nos cruzamos con camiones del gobierno y carretas de bueyes que evacuaban a los refugiados y a algunos heridos. Nuestros faros iluminaban las cansadas espaldas y las holgadas mantas de cientos de personad que caminaban lentamente hacia Bilbao y Mungia. Había pocas ambulancias, y muchos murieron tratando de legar al hospital; otros asfixiados y en los caseríos que acogían en su camas a cualquier herido fuera conocido o no.

 Entre cigarrillo y cigarrillo, me entretuve jugueteando con tres tubos plateados que recogí aquella noche en Gernika. La termita goteaba lentamente de los orificios de su base. Aquellas bomba incendiarias procedían de la fábrica alemana RhS y estaban fechadas en 1936, según su sello, Sobre la inscripción había un símbolo en miniatura: al Águila Imperial con sus alas de espantapájaros extendidas.