La escuela de Arte de Hitler.

Muchas personas dan por sentado que las pinturas nazis eran sólo propaganda en la cual se pintaban hombres y mujeres perfectos, tipo ario, trabajadores felices en las fábricas o en las granjas, soldados de la SS victoriosos y temas por el estilo. Los ilustrados de arte del Tercer Reich fueron algo más: fueron oficializados según el especialista en el tema, Berthold Linz: Hitler no quería otro arte que éste.

Arte o mito de lo que debía ser la realidad, el caso es que fue la expresión visible (de acuerdo a un manifiesto realizado por consejo del Führer en 1933) de “una filosofía apasionada y la conciencia aria anclada en las realidades de la sangre y de la historia”.

Para establecer las conexiones y diferencias entre la Alemania del pasado y del presente, se necesitaba un arte “muy puro” en el que la grandeza del Reich pudiera ser perpetuada de acuerdo al Orden Nuevo, sin la posibilidad de un modificación ulterior. ¿Es que no había declarado Hitler que después de la revolución nacionalsocialista, no habría ningún cambio en Alemania por lo menos en los siguientes mil años? Por otro lado el arte nazi era necesario para destruir la “decadencia, el judaísmo y el bolchevismo” y otros elementos de “corrupción” que estaban patentes en lo que se llamaba arte moderno, decadente…

El Arte Degenerativo: Picasso y Braque en la lista negra

En 1933 Hitler puso la primera piedra de la Casa de Arte de Munich. Cuatro años después inauguró la primera de una serie de exposiciones anuales del arte germano y declaró que su sede era como “un nuevo templo del arte genuino alemán”. Al mismo tiempo, para que se viera bien la diferencia, organizó una muestra del “Arte Degenerativo” con lienzos de pintores como Van Gogh, Picasso, Braque, Derain con la colaboración forzosa de artistas austriacos y alemanes tales como Franz Marc, Kokoschka, Nolde Grosz y Lembruck que fueron divididos o clasificados en grupos de acuerdo a sus ideologías “degenerativas”. Estaban allí también los “tradicionalistas”, miembros en general de academias de provincias. Estaban los comunistas. Los judíos ni figuraban.

En el movimiento de pintura nazi, el tema era más importante que la afiliación política del artista. El trabajo del gran pintor expresionista Emil Nolde, miembro del partido, fue vetado. El mismo Hitler, personalmente, fue quien asumió la dirección de criterios para el nuevo arte nacionalsocialista. En sus manos, el sí o el no. Y la tarjeta roja a perpetuidad. El era el único árbitro. Era entendido: había sido pintor.

La escuela tradicionalista alemana en seguida tuvo que adaptarse al arte nazi. Le bastó con poner la palabra “Alemania” a pinturas de campos floridos y de mujeres desnudas físicamente muy bien formadas, casi perfectas, de cualquier edad. Su tesis era que el arte nazi tenía que ser realista. Las ilustraciones germanas de la época muestran que si bien Hitler objetaba las obras que estaban todavía “sin acabar”, no ponía objeción alguna a la pornografía idealizada con tal de que los tipos fueran arios.

Goebbels prohíbe todas las críticas en prensa y radio..

El 11 de noviembre de 1936, el ministro de Propaganda de Hitler, Goebbels, publicó un decreto por el que se prohibía toda crítica no oficial de las obras de arte nazis. Cualquier artículo o comentario iba sustituido por un informe que el director del periódico recibía en que se le informaba que estaba autorizado para publicar lo que quisiera siempre que antes lo hubiera leído y aprobado el propio Goebbels.

Tras la liquidación de Roehm y otros jefes de las SA, en la trágica y sangrienta “Noche de los cuchillos largos”, el Tercer Reich permitió obras mas clásicas tales como “Venus y Adonis”, “El Juicio de París”, “Diana en el baño” con tal de que las figuras fueran encarnadas por soldados de las SS y en general “ellas” aparecieran ligeras de ropa.

Con las primeras derrotas nazis en Rusia y en especial después de la batalla de Stalingrado, el tema de la guerra dejó de ser predominante y de estar en primer plano para convertirse en una especie de utopía o figuración de lo que el artista consideraba iba a ser el Tercer Reich después de la victoria final.

Pero la demostración más palpable del papel megalomaníaco del arte nazi quedó para la arquitectura y la escultura con Albert Speer y Arno Breker. La ambición del Führer, arquitecto frustrado, consistía en que los edificios del Reich fueran grandiosos y monumentales con el fin de que el orador de turno pudiera hacerse oír por vastas asambleas de multitudes. La teoría de los estéticos de nazismo consistía en que sólo podían considerarse artísticos los edificios de ese tipo y las tumbas y monumentos dedicados al soldado alemán, realmente grandiosos.

El propósito de la arquitectura nazi era epatar a los espectadores por el gigantismo. El citado Albert Speer, uno de los asesores predilectos de Hitler, declaró oficialmente que “los edificios del Tercer Reich deben ser diseñados, en términos materiales, para que puedan parecer modelos romanos una vez que el Imperio Romano hubiera durado otros mil años más”.

Quizás lo más significativo de todo es que las ruinas más famosas de Alemania no son hoy las del III Reich sino una Iglesia del siglo pasado Gedechtnische Kirche, en el corazón de Berlín, por ejemplo. Esa joya artística es una tarjeta roja perenne para Hitler y su banda.