14 de julio 1789: La Toma de la Bastilla fue planeada y financiada por
banqueros franceses

Transformada en el mito o la epopeya del pueblo francés, la historia de la Toma de la Bastilla, enfocada sin heroísmos ni adornos indica que el hecho fue organizado y financiado por banqueros y grandes capitales del país. Dirigida además por nobles del reino, existen hoy todavía los libros contables de varios banqueros amigos de Necker donde aparecen los pagos hechos a los primeros asaltantes de la Bastilla que eran mercenarios.


La Bastilla era la cárcel que inauguró el Cardenal Richelieu, es decir, estaba autorizada por al razón de Estado. Era la justicia extraordinaria, la del secreto y también a de la carta de recomendación. La Bastilla podía albergar hasta cien personas. Las condiciones de vida eran distintas a todas las cárceles de Francia.

Era muy amplia y allí había grandes habitaciones que le permitían al preso aristócrata una buena vida con sus muebles y sus domésticos dignos de los nobles. Les llevaban la comida del exterior y lo único que tenían que soportar era la pérdida de libertad. El banquero Hache, víctima de los resentimientos del Cardenal Mazarino se quejaba a su familia del trato humillante que estaba sufriendo.

De 1359 a 1789, estuvieron allí unos 5.000 presos ‘ reales’ , entre los más ricos de Francia y también había algunas mujeres quizás cuando perdieron los favores de sus amantes algún príncipe, fueron a parar allí. A partir de 1724, la Bastilla siguió siendo prisión nobiliaria y el 95% era gente con título. La Bastilla no lleva consigo deshonra fuera de ella. Los señores, los oficiales con toda disciplina trataban a los ‘ inquilinos’ con extrema cortesía. Reverencias, condecoraciones en el pecho, traje de gala.

Hoy en vísperas del 221 aniversario de la toma, sólo los historiadores han desvelado y algo que el mito o la leyenda ocultaban. En efecto, la Revolución Francesa se fraguó no por nobles motivos o ansias de libertad, igualdad o... sino por intrigas, envidias, miserias humanas... Todo esto, aún con ese inicio terminó llevando a ese país a un baño de sangre y mató a muchos aristócratas y muchos de los más humildes, esos mismos a quienes la historia siempre afirmó que los revolucionarios pretendían defender o liberar. Luego terminó con una dictadura militar iniciada por Napoleón con el golpe de Estado del ‘ 18 brumario’ o para escribirlo más claramente del 10 de noviembre de 1799 y durante más de una década Francia conoció con las campañas de Napoleón otra década de sangre.

La alta finanza idea y patrocina la toma de la Bastilla

Aunque no consta en la historia oficialista, hoy se puede decir que la toma de la Bastilla fue un acto dictado por la alta finanza francesa. Ya unos años antes de la Revolución, el ministro de hacienda de Luis XVI fue presionado por los principales inversionistas y banqueros para llamar a Necker al ministerio de los negocios.

Tratando de fortalecer su mano, Necker fue uno de los artífices de para que parecieran plebeyos los Estados Generales que era el Parlamento. Sin embargo, el 11 de julio de 1789, Necker fue nuevamente destituido. La lucha era ahora entre dos poderosos grupos por el control de la economía nacional. Al caer en desgracia Necker del ‘ todo poder’ financiero, el temor de perder las rentas que devengaban diversos inversionistas desde los más poderosos como el duque de Orleans hasta los pequeños rentistas condujo a una guerra civil entre los banqueros.


El reinado de Luis XV estuvo caracterizado por una gran frivolidad social. Los que mandaban eran 298 nobles. Todos ellos estaban entre oradores y público de primera fila en vísperas de la revolución en los jardines del Palacio Real, residencia del duque de Orleans hablándole al público e incitándole al ataque. Se creó un comité en el que se alistaron unos 2000 hombres dirigidos por jefes pagados por los banqueros. En la noche del 13 al 14 de julio, París se vio iluminado con antorchas previamente preparadas y empezó la revuelta. El corazón de la revuelta seguía siendo el jardín del Palacio del duque. Algunos revoltosos pedían armas y comenzaron atacando e incendiando la entrada del Palacio de los Inválidos pero allí no había armas. A alguien se le ocurrió que en la Bastilla debía haber armas. No tenía ni guardianes porque la antigua fortaleza de la Bastilla apenas tiene defensa.

En este momento había sólo siete presos y la oveja negra de una familia aristocrática. El comandante de la prisión les abrió todas las puertas de par en par, calculando que la gente estaba enardecida por la propia nobleza. Entre la muchedumbre había un carnicero enloquecido y loco al que se le ocurrió cortar la cabeza del infortunado comandante y luego la paseó por las calles de París en la punta de una lanza.

El banquero Delessert dejó anotado en sus libros que había pagado religiosamente con otro banquero el ciudadano Prevoteau los salarios de los encargados de tomar la Bastilla. En la lista de los demás suscriptores a los gastos ocasionados por la operación aparece otro banquero Massiette, el síndico de los agentes de cambio, los Notarios de la Ciudad de París.

Causas e inicios de la revolución

La crisis de la sociedad francesa, lo que luego los historiadores han llamado, ‘ ansíent regime’ (el tercer régimen) era, por supuesto, mucho más complejo incluso que un tema de banqueros y capital. En la sociedad contaba también el clero, aunque la nobleza lo hubiera acaparado todo.

El tercer estado, estaba integrado por los grandes comerciantes y financieros menos importantes. Y allá lejos venía otro, el pueblo que apenas comenzaba a comprender aunque recibía ideas irrealizables que le transmitían escritores y pensadores, ajenos a la nobleza, tales como Montesquieu y Juan Jacobo Rousseau. Querían un cambio profundo en la sociedad. Estaban locos.

Ya hemos dicho que María Antonieta ni los recibía. Y la burguesía hablaba de participar en el gobierno y reducir los privilegios de la aristocracia y también del derecho a la propiedad. Aunque no hablaron casi los historiadores, había un cuarto estado, aplastado por los otros, que ansiaba tener para comer y poco más, que despertó ya cuando se encendieron las teas ante la Bastilla.

La monarquía seguía dormitando, no quería ni concebía ningún cambio, ni tan siquiera las reformas estilo Necker. Los cargos públicos se vendían y la administración no era uniforme para todo el país.

Además, el reino pasaba por una grave crisis financiera, cosa que estaba claro y el ejército tenía las armas pero estaba deshecho. Las guerras dinásticas y las otras eran caras. La contribución con las Siete Colonias en América también era onerosa. Es decir la independencia de los americanos de los reyes de Inglaterra. La necesidad de obtener recursos para financiar las deudas movió a algunos ministros de Luis XVI a intentar una modificación del sistema de impuestos. El ministro de hacienda, Jacques Necker, hemos dicho que fue destituido porque pretendió que la realeza no sólo se limitara a pedir préstamos sino colaborara con su óbolo al tesoro. Inconcebible. Su sucesor en el ministerio, Charles-Alexandre de Calonne, propuso tímidamente el establecimiento de un impuesto general aplicable a la nobleza.

Como nadie en palacio quería ni oír tal aberración no se conformó como Necker en complotar sino que convocó una asamblea de notables en la que su proyecto fue rechazado y él destituido. En el cargo se quedó Loménie de Brienne, quien mantuvo la idea de su antecesor. La asamblea de notables volvió a rechazarla e instó a la convocatoria de los Estados Generales, asamblea de los tres estamentos que no se reunía desde hacía más de un siglo y de la que casi nadie había oído hablar.

El propio rey Luis XVI y Brienne intentaron oponerse al deseo del consejo, lo que provocó un descontento que se corrió como la pólvora.

Luis XVI se vio obligado a convocar los Estados Generales para el 5 de mayo de 1789. La nobleza pretendía seguir siendo el motor de mayor poder en Francia y los demás vasallos.


Sin embargo, los Estados Generales, convocados en un ambiente de creciente crisis social y económica, catalizó los deseos de cambio de la población francesa. En los cahiers de doléances (cuadernos de quejas), los distintos grupos sociales expresaron sus intereses y preocupaciones: la nobleza y el clero no querían perder sus privilegios, mientras que la burguesía, los obreros no campesinos y los labradores hicieron notar su disconformidad frente al poder absoluto de la monarquía y la aristocracia. En 1788, ante el agravamiento de la crisis económica, el rey había vuelto a solicitar los servicios de Necker, quien consiguió aumentar el número de representantes del tercer estado.

El Parlamento de París decidió que las votaciones que se realizaran en la reunión de los Estados Generales no debían ser nominales, sino estamentales, esto es, que cada estamento había de votar por separado. De este modo, nobleza y clero, si actuaban de concierto, siempre derrotarían las propuestas del tercer estado. Este acuerdo de París suscitó la desconfianza del tercer estado, que se revolvió contra las pretensiones de la nobleza; desde entonces, y pese a que en un principio apoyaron a los nobles en su lucha contra el gobierno de Luis XVI, lo que hemos llamado el cuarto estado se convirtió en enemigo encarnizado de los estamentos más altos de la sociedad.

A Necker y aliados se les había ido la mano y la pólvora seguía quemándose nadie sabía hacia dónde.

El pueblo creyó poco después que la Bastilla la había tomado el solo, cuando lo que hizo fue despertar de un letargo de siglos

No es por accidente que el escritor francés Jean Duché autor en la década de los ochenta de una ‘ Historia del Mundo’ planteara de buena fe la siguiente pregunta: ‘ ¿Es que de verdad los financieros fueron los que idearon la toma de la Bastilla?’ y eso es porque se produjo un malentendido entre las masas populares que se habían sumado a los jefes mercenarios a los que el control de la crisis había escapado.

Quien salió ganando económicamente de la toma de la Bastilla fue un contratista llamado Palloy el cual pagó el sueldo de 800 obreros para demoler la fortaleza. Luego guardó las piedras y las vendió como piedras ‘ históricas’ . Y en todo el hexágono vendió piedras como ‘ valioso vestigio de la barbarie’ . Finalizó el negocio y cuando hizo cuentas resultó que era millonario. Así es que la toma de la Bastilla sirvió para un suculento negocio.

La Declaración de los Derechos del Hombre fruto de la Revolución Francesa era una copia de los revolucionarios de las Siete Colonias americanas contra el poder del rey. Si más que un grito popular de ‘ Igualdad, libertad y fraternidad’ era en Francia la consagración en sí de la propiedad privada. Por cierto, parte de esa propiedad privada también fue interpretada como el derecho a la propiedad del pensamiento individual y a la libre expresión predicada por filósofos franceses sobre el papel.

Sin embargo, esa declaración fue la que realmente cambió a partir de ese momento la faz del mundo. La igualdad de todos lo hombres, la libertad de pensamiento y su libre expresión se convirtieron en la meta de virtualmente todas la naciones de la tierra. Unas lo lograron pronto, otras más tarde y otras todavía siguen luchando por ellas pero de todas formas, forman parte integrante de las constituciones de todos los países del mundo. Por lo menos en teoría.

Toda la histografía republicana que al cabo del tiempo celebró la victoria de la toma de la Bastilla es en gran medida un mito. Así Michelet la describe como ‘ aquella mañana luminosa y de una serenidad terrible’ . Una luz en todos los espíritus ciudadanos de París que van a tomar la Bastilla en la que en esos momentos como hemos dicho no había sino siete presos y la oveja negra.

En cuanto a las ‘ calumnias injuriosas’ contra María Antonieta -con la gran parte de auténtico que había en ellas-no tuvieron sus raíces en el pueblo sino que arrancaron de envidias y deseos de venganza contra la realeza y en especial de Victoire Cahouet de Villiers.

María Antonieta, un personaje imprescindible. Decimoquinta hija de los emperadores de Austria, María Teresa y Francisco I. En 1770 contrajo matrimonio a los 16 años con el delfín de Francia, Luis, que subió al trono en 1774 con el nombre de Luis XVI.

Según el diario de éste el matrimonio fue asunto de estado. En los siguientes siete años la pareja no tuvo descendencia y María Antonieta empezó a salir de incógnito por la noche, convirtiéndose en un símbolo de la licenciosa corte parisina.

La prensa medio calumniosa preparada por banqueros descontentos y nobles rivales que se editaba mucho antes de la toma de la Bastilla la presentaba como una mujer vendida a los intereses austriacos. Ponían el acento en su capacidad para derrochar y su facilidad para la burla y su influencia sobre su incapaz marido, el rey. Su fama quedó deteriorada aún más con el escándalo de un célebre collar, asunto en el que se implicó a la reina.


No obstante, la nueva soberana de Francia nunca tuvo a su marido en gran estima, y mucho menos estuvo enamorada de él. Mujer frívola y voluble, de gustos caros y rodeada de una camarilla intrigante, pronto se ganó fama de reaccionaria y despilfarradora. Ejerció su dominio e influencia política sobre el rey marido y, en consecuencia, sobre la dirección del país.

En 1781 tuvo a su primer hijo varón, y a partir de entonces residió en el palacio independiente de Trianon.

Dejó de recibir en audiencia a la nobleza, acentuando la animadversión de las clases altas hacia su persona. Ignoró por completo la crisis financiera por la que atravesaba el país y desautorizó las reformas liberales de Turgot y el banquero Necker.

No tuvo contemplaciones con las masas hambrientas que se concentraban ante el palacio de Versalles, pidiendo un pedazo de pan. Se cuenta que cuando un noble le dijo: ‘ ...es que esa gente no tiene pan...’ , María Antonieta replicó: ‘ ...pues que coman pasteles como la reina’ y envió contra el pueblo a sus guardias. El pueblo siempre tuvo miedo a su reina y a los intereses austriacos. Puso al rey en contra de cualquier reforma, aunque le apoyaban en sus ideas monárquicas Mirabeau y Barnave. Trató de enconar la lucha entre moderados y radicales y manipuló a veces la situación para que el rey favoreciese a los extremistas. Eso alimentaba aún más las luchas intestinas. Pretendía que estallara un conflicto bélico entre Francia y Austria, esperando la derrota francesa.

Después de que al banquero Necker y sus seguidores y financistas se les fueran los preparativos de la mano y se produjera una verdadera revolución, los monarcas pensaron en huir del país con la ayuda del conde sueco Axel Forsen, jefe de la Guardia Sueca. Sólo llegaron a Varennes donde fueron detenidos, siendo trasladados a París y encarcelados en la prisión del Temple. Luis XVI fue ejecutado en enero de 1793 y María Antonieta trasladada a la Conciergerie hasta ser enjuiciada, y separada de sus cuatro hijos. Condenada a la pena capital, en medio de insultos y calumnias murió en la guillotina y su cabeza exhibida ante el pueblo de París como un triunfo de la Revolución.

De María Antonieta se dijo que en esos días no se privaba de sus aventuras en el bosque de Versalles, lo cual tenía mucho de cierto, y si se llevó a la guillotina rápidamente fue porque alguien podía haberle salvado, no por sus meros pecados.

La actitud vengativa del pueblo no hubiera sido posible por el pueblo mismo desposeído de todo. Fue porque el carisma real y de la alta nobleza cayó de repente en picado, en gran parte por las intrigas de otros nobles. Así por ejemplo el verdugo de la ciudad de París el famoso ‘ Samson’ y luego exhibía sus cabezas ante el público vociferante que guillotinaba a diario a muchos aristócratas y lo hacía muy en contra de su voluntad.


El mismo había sido y era fanático realista y partidario de Luis XVI y consideraba que ser erigido a verdugo del pueblo no le autorizaba a opinar sobre a quien o quienes había de matar. María Antonieta fue guillotinada el 16 de octubre de 1793 en la madrugada de ese día escribió una nota de adiós a sus hijos que decía: ‘ Mon dieu, mon dieu, mis pobres hijos, mis ojos no tienen lágrimas para llorar por vosotros’ . Luego se excusó con Samson el verdugo porque iba a salpicarle de sangre.

El ejército real en vísperas de la Revolución casi ni existía

Con el rey Luis XIV la Casa del Rey tuvo una importancia excepcional organizada según una ordenanza de mayo 1667, tuvo en su composición y en el orden de presencia, una gran influencia y prestigio entre los cuerpos armados se componía de dos cuerpos de guardia: primero, la guardia interior que estaba dentro de la misma residencia privada del Rey.

Comprendía cuatro compañías de guardas de Corps (una escocesa y tres francesas) la compañía de los Cien Suizos, la guardia de la puerta y otras milicias de la prevoté. En segundo lugar estaba el cuerpo de guardia de fuera, en el exterior de la residencia real que comprendía los regimientos de guardias suizos y los franceses.

En cuanto a la caballería había la compañía de gendarmes del orden, dos compañías de los Mosqueteros del Rey, la de Granaderos a caballo fundada por el mismo Rey en 1676, cuya misión era de apoyo a los gendarmes. ‘ Según el duque de Aumale era una caballería de élite, una selección que remplazaba un poco los restos de las viejas organizaciones feudales de ejércitos privados de los Reyes’ .

El cuerpo de caballería de la Casa del Rey estaba formado en la escuela de oficiales constituido por jóvenes nobles que entraban en la institución a los quince años y tenían una formación militar muy rigurosa. Todas esas guardias habían participado en las batallas de los Reyes Luis XIV y Luis XV. Siempre se cubrían de gloria. El príncipe de Orange llegó a decir: ‘ si yo hubiera tenido tropas semejantes me sentiría invencible’ .

En 1692 en Neerwinden, bajo el Mariscal de Luxemburgo, resistió la carga de los ingleses. Sus escuadrones estaban casi todos heridos pero al terminar la batalla los supervivientes fueron formados y estuvieron cuatro horas enteras expuestos a los tiros lejanos de los cañones enemigos.

El Rey Guillermo fue a inspeccionar sus baterías acusando de incapacidad a los artilleros. En Dettingen en 1742, la caballería de la Casa del Rey se sacrificó para asegurar la retirada de los granaderos con grandes pérdidas. El Duque de Marlborough que tuvo que retirarse dijo lo siguiente: ‘ No se puede batir la Casa del Rey. En todo caso hay que destruirla’ .

Sin embargo, después de las desastrosas campañas de la Guerra de los Siete años, la Casa del Rey sufrió un declive total, con la deserción de muchas fuerzas mercenarias. El ambiente desmoralizado de la época hizo que el cuerpo de élite se convirtiera en una tropa, indisciplinada y juerguista.

Los mercenarios al servicio del rey

Sobre todo a partir de Luis XV (1726-1774), Francia contó con un ejército y una marina poderosos que necesitaba para las tres guerras en que participaron los soldados movilizados por ordenanza real, pero había también muchos mercenarios: arqueros escoceses, soldados de infantería suizos, los "lansquenets" alemanes (una especie de lanceros), católicos irlandeses, voluntarios ingleses, españoles y portugueses, húsares húngaros, caballeros croatas, infantes flamencos o corsos que pelearon bajo las banderas de Carlos VII a Luis XVI.


El reclutamiento de mercenarios era indudablemente una carga pesada para las arcas del estado y no gustaba a los banqueros, pero aparte de su servicio armado tenía por objeto sustraer a esos mercenarios a otros príncipes, pues la selección de los mejores estaba bien hecha y sobre todo bien pagada.

Precisamente María Antonieta se enamoró de uno de ellos que fue su favorito como amante. Era el conde Axel Forsen, el Mariscal de Suecia, mercenario también, al que escribió desde la cárcel antes de ser ejecutada, una carta de despedida en que le reiteraba su amor hasta la muerte.

Se dice que antes de ser detenida, el aristócrata sueco, preparó la huida de la familia real, cual si fuera la "Pimpinela Escarlata" de las novelas. Para ello Axel Forsen y sus suecos corrieron grandes riesgos y el conde estuvo a punto de lograr su propósito, pero alguna cortesana celosa les denunció y la monarquía fue apresada.

En 1776, después de la coronación de Luis XVI, el Conde de Saint-Germain que había recibido el año precedente la Cartera de la Guerra, suprimió de un plumazo a los Mosqueteros y los Granaderos de a caballo. En 1787, la caballería ligera y los gendarmes fueron también disueltos. La caballería de la Casa del Rey se quedó sólo con cuatro compañías de guardia de a pie. En vísperas de la revolución no era sino la sombra de sí misma y no llevaba más el título de Casa Militar. El 12 de julio de 1789 el regimiento de la guardia francesa se amotinó y participo dos días más tarde en la toma de la Bastilla y se encontró con la sorpresa de que no había ni un prisionero aristócrata que apresar.

Hay que decir en su favor que los guardias franceses no tenían oficiales profesionales. Disuelta el 31 de julio una parte pasó a constituir la Guardia Nacional de París. Por el contrario los guardas de Corps fueron los que al precio de su vida muchas veces salvaron a la familia real el 6 de octubre de 1729 y que más tarde fueron los últimos fieles de una monarquía que no quería ni defenderse. Con la revolución fueron disueltos por decisión de la Asamblea Constituyente en junio de 1791.

El regimiento de guardia suizo así como los más veteranos de otras guardias se sacrificaron el 10 de agosto de 1792 en las Tullerías en defensa de la familia real cuando lo que había sido un golpe de los banqueros se transformó en un motín general. Obedeciendo a la orden suicida del inepto Luis XVI que ordenó en alto al fuego, se hicieron masacrar por los revolucionarios sin poder contestarles por las armas.

Quedaron algunos supervivientes que fueron licenciados el 12 de agosto. El Rey y la familia real eran ahora los prisioneros desarmados de la muchedumbre vociferante.

Una excepción a todo lo dicho fue el Marqués de La Fayette, militar de carrera, pero embebido de un nuevo espíritu de libertad atravesó el Atlántico, donde se traslada para sumarse la guerra de la Independencia de las Siete Colonias. Fue el cordón umbilical con América.

Su vuelta a Francia en 1781 estuvo marcada por su participación en la Revolución francesa.

En 1792 la Asamblea le tachó de traidor, por lo que tuvo que huir a Bélgica. Una vez más sus ideales le condujeron a las cárceles de Austria y Prusia, donde permaneció detenido hasta 1797. Todas estas trabas provocaron su retirada de la vida política durante un largo periodo. En el gobierno de los Cien Días ocupó el cargo de diputado. La Fayette, aprovechó su posición para emprender una insistente lucha contra el emperador.