La detención de Cameron Douglas destapa la olla del hedor de la droga de Hollywood (II)

Coincidiendo casi con la noticia de que Michael Douglas sufría de un cáncer de garganta vino la de detención de su hijo Cameron por posesión de drogas. Su padre ya sabía que andaba en esos caminos y se enfadó y aunque dijo que haría lo posible por lograr su libertad, añadió que sería una buena lección para el chico.


Cameron hijo del primer matrimonio del actor con Diandra Morrell era para la gente un desconocido aunque había aparecido con su padre y su abuelo Kirk Douglas en ‘ It Runs in the Family’ (Todo queda en familia)

No es la primera vez que ha sido arrestado por drogas pero gracias a las influencias familiares y de los allegados fue acusado sólo de un delito menor y la acusación fue retirada después de declararse culpable.

En 2007 fue acusado de posesión ilegal de drogas. La policía le encontró una jeringa con líquido de cocaína en el coche. El 28 de julio de 2009, Douglas fue arrestado por la Administración de Control de Drogas por posesión de (0.23 kg) de metanfetamina.

Debido a la gran cantidad de la droga incautada, Cameron fue acusado de intento de distribución. El cargo conlleva una pena mínima de prisión de 10 años.

El 27 de enero de 2010, Douglas se declaró culpable de conspiración por distribuir drogas y posesión de heroína después de que su novia intentara sacar ilegalmente heroína dentro de un cepillo de dientes eléctrico mientras se encontraba bajo arresto domiciliario.

El 20 de abril de 2010, Douglas fue condenado a cinco años de prisión por posesión de heroína y tratar grandes cantidades de metanfetamina y cocaína fuera de una habitación de hotel de Nueva York. Michael Douglas asumió públicamente la culpa por "ser un mal padre "pero dijo que estaba emocionado ya que su hijo estaba en la cárcel, y que sin un nivel tan extremo de intervención podría haber estado muerto o asesinado.

Desde los inicios del cine, la cocaína ha supuesto una sustancia omnipresente tras las cámaras, lo cual no siempre aparecía reflejado en las pantallas.

Desde su aparición inicial como la última maravilla en materia de drogas, la cocaína había supuesto un reconstituyente legal, recetado por algunos doctores y estigmatizado por otros, ya por aquel entonces símbolo de estatus entre las estrellas de Hollywood.

Primeros pasos de la coca en la gran pantalla

El primer referente de la sustancia en la gran pantalla se remonta a 1912, año en que D.W. Griffith dirige For His Son, en la que un padre inventa una bebida gaseosa llamada Dopokoke, ligada a la cocaína, para combatir el cansancio, provocando la adicción de su hijo.

En 1916, Douglas Fairbanks conocía el estrellato interpretando al detective Coke Ennyday (juego de palabras que se podría traducir como «coca cualquier día»), quien, en The Mystery of the Leaping Fish, encuentra su inspiración y energía en las inyecciones de cocaína que se aplica para resolver sus casos.

Aleister Crowley, en una visita a Hollywood por esas fechas, calificó a aquella comunidad, aún en estado larvario, como una muchedumbre de cocainómanos lunáticos y maniáticos sexuales. Aún tardaría unos años la prensa en hacerse eco de las intrigas sobre sexo y drogas que tenían lugar en las palaciegas mansiones de aquella jauría de nuevos ricos.

En 1921 se estrenaba en Gran Bretaña A Scandal in Bohemia (Maurice Elvey), adaptación de la novela de Conan Doyle, y al año siguiente la compañía británica Astra produjo Cocaine: One Man’ s Seduction, prohibida inicialmente por la censura de su país y que finalmente vio la luz rebautizada como While London Sleeps (Graham Cutts, 1922). En ella, un magnate de la droga mata a un criminal por ofrecer cocaína a su hija adolescente.

Otras cintas cocaínicas de la época son Sisters of Eve (Scott Pembroke, 1928) y la alemana Der Weiße Dämon (Estupefacientes, Kurt Gerron, 1932). The Fall Guy (Leslie Pearce, 1930), adaptación de una comedia de Broadway, narra la historia de un camello de poca monta que se convierte en oficial de narcóticos.

Charlot y la cocaína


The Pace That Kills (1928) y su remake, Cocaine Fiends (1936), retrataban la cocaína como la puerta de acceso para los adolescentes a la morfina y la heroína. A pesar de las restricciones impuestas por el Código Hays (1934-1967), en su magnífica obra Tiempos modernos (1936), Chaplin ingiere la sustancia escondida en un salero y salva a la prisión de una revuelta en el que constituiría el último guiño de humor sobre drogas en casi cuarenta años.

Sin embargo, según se acercaba la guerra, la cocaína fue desapareciendo de las calles, debido principalmente a la aparición en los años treinta de la anfetamina como medicamento, aunque su consumo no se dispararía hasta la posguerra.

Dentro del género sexploitation encontramos The Wages of Sin (Traficantes del amor, Herman Webber, 1937), propaganda antidroga en la que una muchacha trabaja en un burdel para costear su adicción a la cocaína. Asimismo, aparecieron canciones de coca en musicales como The Big Broadcast (Frank Tuttle, 1932) y Anything Goes (Lewis Milestone, 1936), versión cinematográfica del musical de Cole Porter, que veinte años después volvería a ser adaptado a la gran pantalla bajo la dirección de Robert Lewis.


Hay quien encuentra paralelismos drogófilos en el clásico The Wizard of Oz (El mago de Oz, Victor Fleming, 1939), protagonizada por Judy Garland. Cuando los personajes del film se quedan aletargados en una pradera de amapolas, recobrando el conocimiento gracias a la acción de la nieve que Glinda, la bruja buena del Norte, expele con su varita. Incluso hay quien insinúa que Popeye, célebre personaje de tiras cómicas y dibujos animados, ingería hojas de coca, en lugar de espinacas, para incrementar su fuerza.

Censura en la gran pantalla

En los años cuarenta, pese a que el código Hays mantuvo a las drogas distanciadas del celuloide, aparecieron unos cuantos filmes sobre la innegable relación que mantuvieron los estupefacientes con la música de la época, especialmente el jazz, en plena efervescencia de su época dorada. Miles Davis, Art Pepper o Bill Evans se encuentran entre los más renombrados músicos que utilizaban cocaína.

Hay que trasladarse hasta Italia para encontrar el preciado polvo blanco, escondido en un florero, dentro de la gran obra de Roberto Rossellini Roma, ‘ Ciudad Abierta’ (Roma, ciudad abierta, 1945), considerada la película que sirve de manifiesto al neorrealismo italiano, inspirada en la historia verídica del sacerdote Luigi Morosini, torturado y asesinado por los nazis el año anterior.

Volviendo a Judy Garland tan recordada por ‘ El mago de Oz’ , la traemos a la web porque es quizás el primer ejemplo o por lo menos un hito en los suicidios casi en cadena que han seguido en Hollywood. Aunque está la muerte de Marylin que algunos catalogaron de asesinato y que ya tratamos detalladamente en su día. Pocos lo sabían pero Judy se drogaba para aplacar sus nervios y más todavía para soportar las desavenencias con Sid Luft, su marido.

En 1963 la actriz comenzó con los trámites correspondientes para divorciarse de Sid Luft. Después, en 1964, realizó una serie de conciertos en Australia que no fueron muy bien recibidos, porque entre otras cosas se le notaba su lucha interna contra sus propios fantasmas y sus retrasos para aparecer en los escenarios le perjudicaban. Esto una vez en Melbourne causó la indignación de los 70.000 espectadores presentes que abuchearon a la artista e interrumpieron constantemente el recital. Todo ello en presencia de su hija Liza que estaba desesperada. Después de este episodio Garland llamó a la multitud que asistió a su concierto en Melbourne como "brutos". Pronto anunció su matrimonio con Mark Herron cuando salía de pleuresia. La ceremonia se celebró en 1965. Su sustitución en la Century Fox por Susan Hayward en 1967 por su informalidad fue el declive total.

El 17 de marzo de 1969 contrajo matrimonio con el empresario Mickey Deans, en la ciudad de Londres, tras su divorcio de Herron. Deans fue quien la encontró muerta el 22 de junio de ese año en el baño debido a las píldoras que tomaba para dormir, los barbitúricos. La versión oficial señaló que la cantante falleció a causa de un paro cardíaco accidental. A su funeral asistieron más de 20.000 personas, quienes permanecieron durante horas para poder despedir los restos de Judy. Sus restos descansan el cementerio Ferncliff, situado en Hartsdale, New York.


Contamos este episodio precisamente porque fue junto con el de Marylin de los primeros. El consumo de barbitúricos es la primera prueba de fuego que plantea la fama. Y se ha convertido en una leyenda negra pero no tanto.

Retomando los cincuenta, la depresión económica, la segunda guerra mundial y la amenaza de la bomba atómica sembraban la desesperación entre los estadounidenses, provocando el nacimiento de un nuevo movimiento literario, la generación beat, que revolucionó la escena bohemia norteamericana de la época.

Un buen retrato de aquella oleada, mezcla de realidad y ficción, se encuentra en Pull My Daisy (1959), dirigida por el fotógrafo Robert Frank y el pintor Alfred Leslie, para muchos la primera película underground, con grandes exquisiteces psicoactivas.

La Convención Única sobre Estupefacientes celebrada por la ONU en 1961 supuso, entre otros desatinos, la prohibición global del cultivo de adormidera, del arbusto de coca o de la planta de cannabis, afectando a millones de campesinos en todo el mundo dependientes del cultivo ancestral de las plantas maestras, y provocando el auge de las transnacionales farmacéuticas como únicas encargadas de producir y comercializar sustancias analgésicas, narcóticas y psicoactivas.

El resultado fue la globalización de las drogas como un fenómeno mundial de búsqueda de senderos alternativos, como el movimiento hippie, antagonista del belicismo gubernamental, Vietnam y la guerra fría.

Easy Rider, punto de inflexión

Cuando Peter Fonda sugirió la idea de dos amigos que se embolsaban una sustanciosa cantidad de dinero a cambio de droga antes de retirarse a Florida, tuvieron que decidir cuál sería la sustancia que venderían. La marihuana ocupaba demasiado volumen y la heroína arrastraba muy mala imagen. Dennis Hopper propuso la cocaína, que esnifaría el productor musical Phil Spector en su cameo en Easy Rider (Buscando mi destino, Dennis Hopper, 1969), aunque lo que en realidad inhalaron sus fosas nasales fue bicarbonato sódico.


El éxito de la película contribuyó a restituir a la cocaína como la droga de los ricos y poderosos: primero entre los músicos de rock y luego, una vez más, como en los años veinte, irradiando con su blancura a las estrellas del firmamento fílmico. De hecho, la cinta supuso el inicio de una nueva era en la industria cinematográfica.

A mediados de los sesenta, los grandes estudios de Hollywood se encontraban en aprietos: las audiencias se desplomaron debido al auge de la televisión y decreció la edad media de quienes asistían a las salas de cine. Esta joven audiencia ya no se conformaba con las fórmulas clásicas: exigían películas con las que poder sentirse identificados.

Una oleada de jóvenes directores como Martin Scorsese, Francis Coppola, William Friedkin o Bob Rafelson saltaron a la palestra con una nueva remesa de actores: Dustin Hoffman, Robert Redford, Jack Nicholson, Robert de Niro... Los espectadores de sus películas pertenecían a la generación del rock n'roll, que constituyó la banda sonora de muchas de las obras.

Comenzaba un nuevo período de excesos para Hollywood, dirigido por la tempestad de la cocaína, que se adaptaba muy bien al estilo de vida megalómano de sus estrellas. Directores como Paul Schrader o Martin Scorsese utilizaron la droga para estimular su creatividad, pero también resultaba ideal para soportar las enormes presiones de la propia industria y, como supresor del apetito, muy atractivo para mujeres inmersas en un mundo dominado por la imagen corporal.

Pronto la fiebre se extendió entre las clases medias, que veían en ella una sustancia limpia, blanca, exitosa y sin adicción física como la que provocaba la heroína.

La lucidez de Sherlock Holmes

En la divertida sátira The Private Life of Sherlock Holmes (La vida privada de Sherlock Holmes, 1970), probablemente la película más arriesgada que ha dirigido Billy Wilder, el detective necesita una droga de la lucidez para esquivar la apatía derivada de su dependencia compulsiva a la cocaína inyectada. La trama transcurre en Escocia, adonde acuden Holmes y Watson a instancias de una mujer cuyo esposo ha desaparecido.

En definitiva, en los años 50 y 60 la cocaína comenzaba a afianzarse en la gran pantalla, en previsión de su omnipresencia posterior en el universo mágico del cine.