La vida de Taylor, el Rey de los Diamantes de Liberia sale a la luz junto a Naomi Campell
y Mia Farrow

Los Taylor al igual que muchos liberianos estaban afincados en un suburbio de Monrovia. Taylor padre tenía una novia, sirvienta doméstica de la tribu gola, de una comunidad indígena, y él era un maestro y magistrado de religión baptista y perteneciente al muy minoritario colectivo de los américo-liberianos. Eran descendientes de los antiguos esclavos convertidos en libertos por las sociedades abolicionistas de Estados Unidos y que en 1847 fundaron Liberia como la primera república negra de África, un siglo antes de que Los Estados Unidos accedieran a la independencia las “siete colonias” de los reyes ingleses. Teóricamente, eran más americanos que los propios americanos.


Más recientemente, se ha difundido una versión sobre el origen del padre de Taylor, según la cual aquel nació, creció y trabajó de profesor en Trinidad y Tobago cuando este archipiélago caribeño era una colonia británica, antes de marchar a Liberia, donde fue encarcelado por motivos políticos.

Su hijo Charles Taylor, según alguno de sus biógrafos, se dio a conocer como líder guerrillero en 1989. Era un estudiante contestatario de los regímenes dictatoriales de William Tubman y de su sucesor desde 1971, William Tolbert, últimos eslabones de la hegemonía política y económica detentada por la casta américo-liberiana asentada en la costa, única franja de desarrollo urbano, por lo demás precario. Mandaban sobre un país sumido en el atraso y la miseria peor si cabe que el de Haití.

Bajo Tubman y Tolbert, el centenario partido-Estado, el True Whig Party, marcaba una suerte de precedente del apartheid o sistema de segregación racial de los negros establecido por los blancos en Sudáfrica.

A finales de los años setenta Charles Taylor se encontraba en Massachusetts, Estados Unidos, donde pasó unos años trabajando en una planta gasificadora y en una fábrica de plásticos, lo que le daba para estudiar Economía en el Bently College de Waltham. Activista político en la Unión de Asociaciones Liberianas, lugar de encuentro de las comunidades de exiliados liberianos de Estados Unidos, según consta en una biografía oficial facilitada por el Gobierno liberiano, en 1979 él y sus compañeros irrumpieron en la oficina de Liberia en la sede de Naciones Unidas en Nueva York y emplazaron al embajador a difundir una proclama contra el régimen del dictador Tolbert.

Inesperadamente, a comienzos de 1980 Tolbert le invitó a regresar a Monrovia para encabezar una delegación estudiantil. Él así lo hizo, y el 12 de abril de ese año 80 Tubman y buena parte de las principales figuras de su administración cleptocrática fueron asesinados en un golpe de Estado perpetrado por suboficiales krahns, una de las etnias del interior del país que habían rendido servidumbre a las elites américo-liberianas de la costa.

Samuel Doe, sargento analfabeto se hace con el poder

El cabecilla de esta sangrienta toma del poder, revolución social por el drástico trastrueque de amos y sojuzgados, fue Samuel Doe, un sargento mayor analfabeto de 28 años. Este llamó a Taylor a su servicio, al considerarlo joven culto educado en una universidad norteamericana, y le confió la Agencia de Recursos Generales, la Intendencia de la Administración del Estado, y le nombró Viceministro de Comercio, labores oficinas que le dieron de inmediato acceso al poder y a las riquezas.

Pero en octubre de 1983 Taylor huyó inesperadamente a Estados Unidos y al poco, Doe le acusó de haberse apropiado ilegalmente de 900.000 dólares de los fondos públicos.

En 1984 las autoridades norteamericanas atendiendo a la demanda de extradición del Gobierno liberiano, arrestaron a Taylor en Sommerville, Massachusetts, y le internaron en un centro de alta seguridad, la penitenciaría del condado de Plymouth. El joven Taylor, caído en desgracia, temiendo que le ejecutaran a su repatriación a Monrovia. En septiembre de 1985 se evadió con otros reclusos-según algunas fuentes periodísticas, no muy convincentes, valiéndose de los métodos tradicionales favoritos de Hollywood, con la sierra de barrotes, las sábanas anudadas y el soborno a los guardianes, etc…

Todos fueron aprehendidos excepto Taylor, dando comienzo éste a un rocambolesco itinerario que le llevó hasta Ghana vía México, España y Francia.

Se ignora a ciencia cierta el paradero de Taylor en los siguientes cuatro años, pero parece altamente probable que estuvo una temporada en Libia, bajo la protección paternalista de Muammar al-Gaddafi. En Libia recibió adiestramiento como guerrillero. El caso es que el 24 de diciembre de 1989 Taylor reapareció en Liberia al frente de un comando de no más de 200 hombres que penetrando desde Costa de marfil atacó el puesto fronterizo de Butuo, en el condado de Nimba. Lejos de pretender un choque esporádico con las tropas de Gobierno, la exigua tropa de Taylor, bien entrenada en Libia, era una fuerza de invasión que tenía como objetivo capturar Monrovia y derrocar a Doe. Gadaffi le hacía llegar armas y municiones en abundancia.

Esta incursión habría sido barrida pronto por las brutales fuerzas gubernamentales salidas a su encuentro, pero esos soldados y oficiales se entretuvieron en el camino una espiral de atrocidades sin sentido contra civiles de las tribus gío y mano, víctimas periódicas de las purgas de Doe, cada vez más aferrado al sectarismo étnico krahn.


Miles de gíos y manos se unieron al bando de Taylor, que se organizó como Frente Nacional Patriótico de Liberia (NPFL) que presentaba la fachada de una guerrilla bien entrenada y peligrosa para el dictador Doe brutal e inepto, cada vez más desconectado de la realidad social y, étnica de Liberia.

En julio de 1990 el NPFL alcanzó Monrovia y puso bajo asedio el aeropuerto internacional. Parecía el preludio de una captura rápida del poder, malamente defendidos por las Fuerzas Armadas de Liberia (AFL), marcadas étnicamente por la política de favoritismo krahn de Doe. Pero en lugar de acometer la embestida final con disciplina militar, los hombres de Taylor se entregaron también al pillaje sistemático de cuanto encontraban a su paso, multiplicando los padecimientos de la población.

Estas acciones criminales fueron toleradas inexplicablemente por Charles Taylor, que podía haberse presentado como un liberador, pero nunca realizó el menor esfuerzo para frenar la masacre siquiera para mejorar la imagen de su rebelión armada. Su ambición personal de enriquecimiento y poder iban más allá de las consignas propagandísticas sobre la democratización y la regeneración nacionales, que hacía el NPFL.

La guerra civil contra el dictador Doe, la transformó Taylor en una guerra de exterminio étnico en la que los gíos y los krahns afectos a Doe se afanaron en la mutua eliminación. Algo como Ruanda, pero ambos bandos armados.

Las violencias adquirieron un componente especialmente arbitrario y aterrador con la irrupción de miles de jóvenes y niños provistos de armas automáticas. Taylor era uno de los pioneros del soldado-niño. Reclutados sin recato por el NPFL, estos jóvenes vestidos como para un macabro festival, portando fetiches y trofeos de sus víctimas con un trasfondo de magia y hechicería, fueron instigados por los hombres de Taylor a una especie de amok étnico mediante drogas estimulantes, LSD, y con carta blanca para cometer todo tipo de desmanes. Amnistía Internacional quedó estupefacta.

La situación se tornó más caótica si cabe cuando un lugarteniente de Taylor, Prince Johnson, se alzó y formó su propia guerrilla, el Frente Nacional Patriótico Independiente de Liberia (INPFL), una escisión desprovista de cualquier significado ideológico y más bien relacionada con las ambiciones y envidias personales por el reparto del botín.

Fue Johnson, deseoso de publicidad, quien el 9 de septiembre de 1990 capturó y mando atormentar hasta la muerte a Doe, imprudentemente salido desde el palacio presidencial al encuentro de los 4.000 soldados del Ecomog, o Grupo de intervención de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO, o ECOWAS en su siglas inglesas), que habían desembarcado el 24 de agosto en misión de interposición para la paz.

Cuando el segundo de Taylor, Johnson se alza contra su jefe

Se trataba de una decisión unilateral de la organización africana ante la incapacidad de los jefes militares liberianos para establecer una tregua.

La escisión de Johnson, la presencia de los pacificadores africanos y, fundamentalmente, la indisciplina y venalidad de sus fuerzas, las razones que privaron a Taylor de una victoria militar que la tenía al alcance de la mano. Taylor convertido en el más poderoso de los señores de la guerra (warlords) liberianos, caudillo de 25.000 combatientes, no se resignó, y en los siete años siguientes iba a perseguir su objetivo, la Presidencia de la República, por todos los medios posibles, primero por la fuerza, luego mediante la negociación y finalmente con las urnas.

Siempre con el sostén, de difícil cuantificación pero sin duda importante, de los gobiernos de Gadaffi (Libia), Costa de marfil y Burkina Faso (los dos últimos países, presididos por Félix Houphouët-Boigny, protegido por el presidente francés Giscard, y Blaise Compaoré, limitaron con su autoexclusión del dispositivo militar las posibilidades sobre el terreno del Ecomog, convertido en la práctica en una misión de países anglófonos, y apostaron, como los demás, por una solución negociada del conflicto.

Taylor alternaba las acometidas militares contra el poderoso contingente nigeriano, médula del Ecomog, con concesiones negociadoras, asegurándose un papel señero en el tortuoso proceso de paz y arrogándose el rol de interlocutor imprescindible con los mediadores internacionales.

Desde octubre de 1990, el NPFL combatió desventajosamente al Ecomog y sus aliados coyunturales, siguieron unos meses de caos en los que Taylor intentó dotarse de legitimidad institucional haciéndose llamar primero, ya desde el 27 de julio, "jefe del Gobierno Provisional", y a partir del 21 de octubre, "presidente de la República de la Gran Liberia".

Dicho sea de paso, Johnson también se autoproclamó presidente tan pronto como se deshizo de Doe y su tropa se hizo fuerte en algunos barrios de Monrovia. De todas formas, el poder de esta facción fue declinando, y en octubre de 1992, finalmente, el INPFL se rindió al Ecomog y su jefe marchó al exilio.

El 28 de noviembre de 1990 las partes firmaron en Bamako un cese de hostilidades y el 14 de febrero de 1991 acordaron en Lomé un documento más amplio que recogía los compromisos previos y estipulaba también el desarme de las milicias y la convocatoria de una nueva conferencia nacional. Ésta se inauguró en Monrovia el 15 de marzo, pero la no comparecencia de Taylor la condenó al fracaso.

Otro acuerdo suscrito en Yamoussoukro, Côsta de Marfil, en septiembre de 1991 para el desarme y el repliegue de las facciones, quedó en papel mojado igualmente.

El celo por consolidar y ampliar los territorios bajo su control, que llegaron a suponer las cuatro quintas partes de la extensión del país, y se entregó de lleno a sus negocios de compraventa de armas y de productos naturales como el oro, los diamantes, el caucho y las maderas preciosas, los cuales le convirtieron, probablemente, en el hombre más rico del país y de su región de África.


En octubre de 1992 Taylor lanzó una ofensiva a través de la costa que fue repelida por una fuerza combinada del Ecomog (reforzado en marzo de 1993 hasta los 15.000 hombres con contingentes de países francófonos), y otras fuerzas.

Taylor justificó su arremetida para defenderse de las agresiones de la nueva guerrilla, furioso porque en agosto le habían arrebatado el control de algunas minas de diamantes en el noroeste, y acusó a los pacificadores africanos de parcialidad y de operar como una facción más, imputación que, la mayoría de los medios, refutó. En el verano de 1993 las pérdidas del aeródromo de Robertsfield y el puerto de mar de Buchanan, más los efectos de los embargos de armas y de carburante impuestos por la ONU y la CEDEAO, empujaron de nuevo a Taylor a la mesa de negociaciones, de la que salió un acuerdo político en Ginebra, el 19 de julio, y otro militar de alto el fuego en Cotonou, Benín, el 25 de julio.

Como resultado, el 7 de marzo de 1994 se instalaron en Monrovia las primeras instituciones multipartitas: el Gobierno Nacional de Transición Liberiano (LNTG), encabezado por un Consejo de Estado de cinco miembros bajo la presidencia nominal del abogado David Kpomakpor, y la Asamblea Legislativa de Transición, de 35 integrantes, repartidos entre partidos y organizaciones internacionales. Taylor perdía el control absoluto de sus tremendas riquezas.

Se abrió entonces un complicado proceso de "reconciliación nacional" cuya meta era la celebración de elecciones generales en septiembre de 1994 "en un clima de paz y de seguridad". Ello pasaba por el desarme y la desmovilización de los 60.000 combatientes encuadrados en las distintas facciones y milicias, pero la dinámica inicua de divisiones internas y de desconfianzas mutuas imposibilitó el debate electoral durante tres años.

Las actitudes hostiles o favorables a Taylor y su guerrilla gravitaron en la proliferación de partidos y disidencias armadas con un trasfondo étnico.

El mismo NPFL, que él había creado, no escapó a esta dinámica, y en septiembre de 1994 se separó de él un Consejo Central Revolucionario (NPFL-CRC) acaudillado por mandos militares del NPRAG. A lo largo del año siguiente, Taylor condujo una serie de purgas internas stalinianas de elementos acusados de desleales, pero siguió siendo con diferencia la milicia más fuerte de Liberia y también la menos sesgada tribalmente.

Los buenos oficios del presidente Jerry Rawlings de Ghana, segundo país proveedor de tropas al Ecomog, que facilitaron negociaciones secretas entre Taylor y el dictador militar nigeriano Sani Abacha. Así, Taylor bajó de su bastión norteño a Monrovia para asumir una de las cuatro vicepresidencias militares del órgano supremo de paz.

Las continuas violaciones del alto el fuego y los golpes de fuerza degeneraron en combates de gran magnitud en Monrovia el 6 de abril de 1996 entre el NPFL y el ULIMO-K (de base preferentemente mandinga y musulmana) por un lado, y el ULIMO-J (facción mayoritariamente krahn), las AFL y el LPC por el otro.

Este último espasmo bélico produjo devastaciones en Monrovia y alrededor de 3.000 muertos, pero Taylor consiguió deshacerse de su ex-compañero y rival personal Johnson, que tras refugiarse en la embajada de Estados Unidos partió a Ghana.

El 31 de julio de 1996, al cabo de una cumbre de la CEDEAO celebrada en Abuja, Taylor y los demás jefes de facción anunciaron su acatamiento del alto el fuego y la desmovilización de sus subordinados conforme a lo estipulado en 1995, y el 17 de agosto, por el segundo Acuerdo de Abuja (Abuja II). El cese de hostilidades se consideró el final de una guerra civil de seis años que había asolado Liberia, matado a entre 150.000 y 200.000 personas, y desplazado de sus hogares fuera y dentro del país a 800.000 personas más, sobre una población inferior a los tres millones.

Un atentado contra Charles Taylor manipulado por el mismo

En octubre Taylor fue objeto de un intento de asesinato que no fue reivindicado, aunque las sospechas fueron de que se trataba de un montaje del propio Taylor, deseoso de obtener legitimidad y reconocimiento, pero se empezó a hablar de establece sanciones y hasta el procesamiento por crímenes de guerra a los cabezas de facción.

El plazo para la desmovilización de los combatientes expiró el 31 de enero de 1997 con éxito sólo parcial; porque miles de hombres seguían armados, las facciones se consideraron disueltas o transformadas en partidos políticos desde esa fecha. Un trabajoso proceso conducido por el Ecomog y la Misión de Naciones Unidas, UNOMIL, permitió lo que para muchos era poco menos que un milagro, considerando la terrible anarquía que había señoreado el país hasta hacía bien poco.

Tras anunciar su candidatura presidencial, lo que le obligó a darse de baja en el Consejo de Estado, Taylor fundó el Partido Patriótico Nacional (NPP), que costeó con su inmensa fortuna particular, fruto de las depredaciones de guerra y del tráfico de diamantes y todo lo demás.

El emporio de Taylor incluía varias estaciones de radio y televisión privadas, lógicamente puestas al servicio de su campaña electoral.

Mezclando con desparpajo populismo y cinismo, durante una campaña que no se libró de las crónicas violencias sectarias Taylor pidió públicamente disculpas por lo que le correspondía de la génesis y la prolongación de la guerra civil, repartió alimentos en las zonas azotadas por la violencia y enfatizó sus virtudes de líder fuerte y responsable.


Apelando al borrón y cuenta nueva, y, por tanto, a la inmadurez política de los liberianos, que sabrían disculpar un rosario de excesos que no habían sido sino la consecuencia de unas circunstancias extraordinarias, el aspirante presidencial osó acuñar unos eslóganes que en cualquier otro país habrían abocado a su protagonista al suicidio político. Así, se aventaron mensajes como "Él mató a mi mamá, mató a mi papá, pero voy a votarle de todas maneras", o "Mejor el diablo que conoces que el ángel que no conoces". De una manera casi explícita, Taylor venía a advertir que, o ganaba las elecciones, o habría guerra de nuevo.

Numerosos representantes de la sociedad civil liberiana y de la comunidad internacional coincidieron en destacar lo grotesco e inquietante de un Taylor, a todas luces un criminal de guerra en toda regla, revestido de legitimidad electoral y convertido en respetable presidente de la República. Taylor hizo la campaña de que, una vez en el poder, destinaría parte de su fortuna privada al restablecimiento de los servicios mínimos. Esta psicología del paternalismo y el amedrentamiento dio unos frutos.

Con el 75, 3% de los votos, Taylor arrasó a once contrincantes, de los que los más adelantados fueron: Ellen Johnson-Sirleaf, ex ministra de Finanzas y hasta ahora alta funcionaria de la ONU muy crítica que descalificó su pasado violento; y los líderes más importantes de África.

Los observadores de los organismos internacionales, y especialmente los del Centro Carter, prefirieron no muy acertadamente olvidar los casos de intimidaciones constatados en los colegios electorales y alabaron los primeros comicios celebrados desde 1985 como un éxito democrático de participación, el 80% del censo, y de transparencia. El 2 de agosto, recién cumplido el 150 aniversario de la independencia de Liberia, Taylor juró como presidente de la República con un mandato de seis años, culminando una ambición emprendida en 1989 por derroteros harto diferentes.

La principal preocupación de Taylor tras asumir la jefatura del Estado fue extender la autoridad gubernamental a todos los aspectos de la seguridad y asumir la plena soberanía, lo que pasaba por el efectivo sometimiento de los clanes aún armados y, sobre todo, por la retirada no muy acertada del Ecomog, de interposición.

Las suspicacias con Taylor del Gobierno de Estados Unidos, que había apoyado los regímenes fuertes de Tubman, Tolbert y Doe, y que ahora observaba con desagrado los inmejorables vínculos entre Liberia y la Libia de Gadaffi, se vieron inicialmente contrarrestadas por la impresionante red de amistades y valedores que el antiguo guerrillero tenía en el país americano, que presentaba aspectos de lobby. Los diamantes se repartían, como los de Naomi Campbell, hace poco.

Líderes religiosos baptistas y políticos de tendencia liberal tan influyentes como el reverendo Jesse Jackson (organizador de una Conferencia Nacional en 1998 en Virginia, a la que asistió Taylor y que fue boicoteada por asociaciones de la diáspora no américo-liberiana por considerarla un mero ejercicio de relaciones públicas) y el ex presidente Jimmy Carter menudearon desde 1997 sus encuentros con Taylor y sus visitas a Liberia para supervisar los progresos hechos en la construcción democrática, unas simpatías que se fundaban en un moralismo indulgente y un sentimiento irresponsable por los trágicos avatares de la nación fundada por esclavos libertos de Estados Unidos.

Dicho sea de paso que Taylor se describía a sí mismo como un hombre profundamente religioso y temeroso de Dios, declaración de fe que, que combinaba con todo tipo de prácticas como la numerología y la brujería. Tenía el liderazgo simbólico de 16 tribus del país, no todas amigas ni mucho menos.

Taylor fue acumulando tantos balances negativos que le hizo desacreditarse muy pronto ante sus interlocutores exteriores y ante sus propios ciudadanos, hasta granjearse la condena y el aislamiento internacionales. Su actuación interior, según atestiguaban diplomáticos, empleados de organismos internacionales y de las ONG, siguió guiada por la mentalidad de señor de la guerra y sus lógicas del poder absoluto, el patrimonialismo y la rapiña de recursos naturales.

Por ejemplo, se calcula que Taylor y su red de allegados llegaron a controlar el 90% de la economía liberiana a través de los monopolios del Estado y un uso discrecional de las licencias de exportación, los derechos de aduana y los ingresos por los fletes marítimos bajo el famoso pabellón de conveniencia liberiano. Hasta el final fue una paradoja que siguiera poseyendo, gracias a las matriculaciones de buques extranjeros, la segunda mayor flota marítima del mundo con un 18, 5% del tonelaje total.

Taylor acumula las riquezas y el comercio de Liberia y no cede

El dirigente activó algunos procesos de reconstrucción política, como sendas comisiones de Derechos Humanos y de Reconciliación, además del mencionado Gobierno multipartito. De la ruina total de la economía prefirió culpar a la comunidad internacional, por no volcarse con sus ayudas e inversiones.

En el cambio de década, los informes de la Amnistía Internacional pintaban un panorama muy sombrío de los Derechos Humanos en Liberia por los abundantes casos de asesinatos, desapariciones y ejecuciones extrajudiciales de activistas sociales, periodistas y políticos críticos con el poder, así como por la arbitrariedad y los abusos de las abundantes y omnipresentes fuerzas de seguridad, que en el escenario posbélico convirtieron a Monrovia en una de las capitales más inseguras del mundo, no faltando quien trazara comparaciones con el Puerto Príncipe, la capital de Haití, de la era de los Duvalier y su tenebrosa milicia de terrorismo político, los Tontons Macoute.

Una de las tropas paramilitares más temidas por sus atrocidades, la Unidad Antiterrorista (ATU), estuvo comandada por Chuckie Taylor, el hijo tenido por el presidente con una esposa anterior en Estados Unidos y que contaba con nacionalidad de ese país. Chuckie merecería un capítulo aparte porque se especializaba en la tortura con amputaciones de sus enemigos.


Pero fue la actuación exterior de Taylor lo que más airó a la comunidad internacional, en especial a Estados Unidos, el Reino Unido y los países anglófonos de la CEDEAO. Las gestiones de Jesse Jackson, enviado especial de Bill Clinton para África, tenían como finalidad reducir las tensiones políticas en la región y reforzar la cooperación económica entre los tres países.

La sensación compartida por varios gobiernos era que el régimen de Taylor, con su caótica gestión del retorno de los refugiados, su incapacidad para desligar las agitaciones domésticas de la subversión sierraleonesa, y su heterodoxa concepción del comercio transnacional de diamantes, estaba desestabilizando fatalmente toda esta área del África extremo-occidental, con inquietantes salpicaduras sobre las otrora tranquilas Guinea y Costa de Oro.

El Gobierno de Estados Unidos, alarmado por un foco de desorden promovió en la ONU un movimiento en contra del Gobierno liberiano que no tenía precedentes en el siglo y medio de existencia del país.

En diciembre de 2000 un panel de investigación de la ONU concluyó que el Gobierno de Taylor estaba contribuyendo a prolongar la guerra civil sierraleonesa al brindar entrenamiento en suelo liberiano a los combatientes de otras guerrillas y al suministrarles armas a cambio de diamantes expoliados en las áreas que controlaba la guerrilla, diamantes que por tanto carecían del certificado de origen del Gobierno sierraleonés. El negocio era de tal magnitud que los expertos estimaron que Liberia estaba colocando en el mercado internacional más diamantes extraídos del país vecino que los producidos por sus propias minas.

Taylor acusó a su vez a Washington y a Londres de orquestar un complot internacional contra su país

El 7 de marzo de 2001 el Consejo aprobó una resolución por la que imponía a Liberia un embargo reforzado de armas y, el 7 de mayo entró en vigor el segundo paquete de sanciones, que boicoteaba totalmente la exportación de diamantes liberianos, prohibía a Taylor y sus colaboradores desplazarse al extranjero y desautorizaba todo vuelo internacional de las líneas áreas liberianas.

Para noviembre de 2001, Liberia se había adentrado de nuevo en un escenario de guerra civil, que continuó a lo largo de 2002, con sucesivas tentativas de invasión de Monrovia por sus enemigos, calificado de "terrorista" por Taylor, que en alguna ocasión le llevaron hasta las mismas puertas de la ciudad, con un saldo creciente de víctimas mortales y de refugiados.

Sea como fuere, las preocupaciones tomaron un cariz verdaderamente serio para Taylor el 4 de junio con el anuncio por el Tribunal Especial de Sierra Leona, formado con fiscales y jueces internacionales y nacionales, de que le acusaba formalmente de "la mayor responsabilidad en los crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y serias violaciones de la ley humanitaria internacional" cometidos durante la guerra civil de ese país. Al acta de incriminación le acompañó una orden internacional de captura, así que Taylor podía darse por atrapado en Monrovia, cogido en la pinza de la justicia externa y la rebelión interna, aunque, por de pronto, pudo retornar sin problemas de Accra, Ghana.

El mismo 4 de junio Taylor por primera vez, había hablado de la posibilidad de ceder poder, e incluso de abandonarlo enteramente. Con tono emocional y pose de mártir, declaró: "Estoy preparado para hacer cualquier cosa que sirva para traer la paz a mi pueblo y detener las atrocidades (...) Porque, vosotros, países poderosos, odiáis a Charles Taylor. Así que me sacrificaré, por amor a Liberia". Y ya si acentos religiosos, remató: "Si el presidente Taylor es visto como un problema, entonces me retiraré. Hago esto porque estoy cansando de ver a toda esta gente muriendo. Ya no puedo seguir asistiendo a este genocidio en Liberia". Ahora bien, en cuanto supo de la novedad cualitativa afectando a su situación personal, endureció su postura.

Más porfiado que nunca, Taylor se aprestó a detener el amenazador avance sobre Monrovia de los rebeldes, espoleados por la imputación del Tribunal de Sierra Leona, a la vez que repartió denuestos a sus múltiples enemigos internacionales: zanjó que "llamar criminal de guerra al presidente de Liberia" era algo que "Dios no iba a permitir", y que no habría paz a menos que se le levantara ese procedimiento penal; acusó, sin citar, a "diplomáticos occidentales" en Monrovia de inducir al golpe de Estado.

El 20 de junio aseguró que no iba a dimitir e, incluso, que estaba dispuesto a presentarse a las elecciones que tocaba celebrar este año y a servir un nuevo mandato, ya que "la vasta mayoría de nuestro pueblo protesta porque yo tenga que irme sin su aprobación".

El hecho de que los británicos y los franceses desembarcaran tropas como vanguardia de una fuerza internacional que el secretario general de la ONU, Kofi Annan, solicitó con urgencia al Consejo de Seguridad, hizo que Taylor se pusiera más nervioso todavía.


A principios de julio se atisbó una salida Obansajo, en una visita relámpago a Monrovia, ofreció personalmente a Taylor un exilio seguro en su país con la promesa de que no sería entregado a Sierra Leona, máxime cuando Nigeria no tenía legislación que permitiera ese tipo de extradiciones.

El ex dictador respondió con posibilismo que estaba listo para marcharse siempre que le dieran las debidas garantías personales de seguridad e inmunidad, y si antes se desplegaba en Monrovia una fuerza internacional de interposición encabezada por Estados Unidos. Aunque Taylor seguía resistiéndose a la precondición de Washington, que era su partida, a la par que un alto en fuego en firme, para el despliegue de sus tropas.

Taylor temió la venganza de sus enemigos de etnia, más que la de Inglaterra o Francia. Confrontado a una situación insostenible, Taylor terminó por arrojar la toalla, cuando una fuerza de interposición de 3.250 soldados aportados por Nigeria, Ghana, Malí y Senegal, y otros 1.500 efectivos del primer país citado.

Agobiado por las presiones de la ONU, el presidente norteamericano, Taylor envió finalmente su carta de dimisión al Parlamento el 7 de agosto y ésta fue efectiva el día 11 con la asunción de Blah, que como vicepresidente había sido su enemigo.

En el acto de traspaso de poderes a Blah y antes de subirse al avión que iba a conducirle al exilio en Nigeria, Taylor dijo aceptar el papel de "cordero sacrificial" y de "chivo expiatorio", y se despidió con una advertencia a los presidentes africanos asistentes a la ceremonia, entre ellos el sudafricano Thabo Mbeki, el ghanés John Kufuor y el mozambiqueño Joaquim Chissano: "Cuidado, hoy es Taylor, pero mañana pueden ser ustedes", en alusión a la "interferencia exterior" que tan decisiva había resultado en este desenlace de derrota.

Dirigiéndose ahora al pueblo, Taylor aseguró que lo amaba "desde el fondo de su corazón" y le deseó la protección de Dios antes de terminar con un desafiante "volveré", lo que se interpretó como un aviso de que no renunciaba a ejercer un ascendiente sobre la política nacional.

El capítulo de los diamantes de Naomi Campbell y todo lo que aparece en los periódicos, no es en la vida de Taylor sino una pequeña anécdota que el usuario podrá leer en los periódicos. Verdades, mentiras imposibles de interpretar si no se conoce bien la relación de todas esas personas especialmente las damas en la vida del Rey de los diamantes y del genocidio étnico.