Un díficil Prólogo
por Alberto Elósegui

Cuando se habló de “subir” ya nuestra Web DIASPORA -por no decir mía- pues era un proyecto privado que me sirviera para contar no solo mi saga personal en pro de la causa y los recuerdos de un exilio tan prolongado que se sobreponía a los recuerdos de mi infancia sino las de otros en condiciones análogas. Y brindarles nuestra solidaridad. Confieso que estaba un tanto desorientado.

Lo primero era buscar un portal donde colgarla, vender la máquina de escribir y seguir adelante. Mi diáspora personal vivida en varios países europeos y de América, me sugirieron el nombre. Ninguno de mis cinco hijos era nacido en Euskal-Herria y por eso mi web tenía que llamarse DIASPORA, que era su tierra.

Mi asesora y diseñadora me dijo –“antes de ponerte a escribir tienes que ponerle música”-. Y como no captaba yo el sentido, aclaró: “un prólogo, tío!”. Me pareció bien. ¡Un prólogo!!. Pero cuando me di cuenta de que, tenía que ser yo el autor de mi propio prólogo, me asusté. Jamás en casi 50 años de periodismo -nací con él- había tenido que retratarme a mi mismo, aunque haya retratado a otros.

Yo siempre había escrito en tercera persona, relatando hechos de grandes hombres, de mis compañeros o la actualidad de acontecimientos ocurridos fuera -en la diáspora- o narrando capítulos de hombres de mi pueblo, luchadores en pos siempre de la libertad o de los derechos humanos. Y nunca les había puesto un prólogo a mis escritos.

Creo que el que escribe un prólogo escribe por un motivo principal; la necesidad de presentar una obra literaria o una biografía. Pero esta vez el “Ecce Homo” era yo mismo. El tener que hacer un perfil presentándome a mi mismo, al presentar una historia, vivida por mí, me pareció una empresa imposible. Escribí a Arthur Koestler, a quien conocí bien en Londres pidiéndole ayuda, pero no contestó a mi Fax. Afortunadamente, en una de sus obras encontré la chuleta: “un Prólogo consiste en compartir las experiencias de uno para que mediante esa comunicación personal uno pueda trascender al aislamiento de su propio ser.”

Me sentí asediado por el temor natural de que los acontecimientos que he presenciado y que constituyen parte de mi vida perdieran su impacto irremisiblemente en el etéreo ordenador, y en el futuro quedaran en el silencio. Dejar la comunicación en un ordenador y no entregar el escrito original a alguien, por otra parte, era para mí algo nuevo.
El periodista que escribía a máquina estaba en vías de desaparición. Se había convertido un poco como quien en la antigüedad escribía su crónica en arcilla o en pergamino de papel. Así que mi prólogo debería llamarse no escrito sino reciclado o por lo menos me lo parecía. Era una tarea difícil y nueva.

Me consolé pensando que me volvía más universal, pero aún así pensé que aunque  suprimiera cualquier tono de intimidad más propia del papel escrito, mis experiencias, suprimiendo algunos rasgos y poniéndoles otros, podían llegar más fácilmente a todos aquellos que habían dejado su patria de origen en los días de la máquina de escribir, y ya en su casa me podían leer sin ayuda de un periódico o un libro. Esta Web -me consolé- quedaría abierta a todos sin excepción de color, raza, fortuna u origen, que compartían idéntica experiencia, y se consolarían en encontrarse por lo menos en alguien como yo. Un extraño usuario que me comprenda.

No quisiera, pues, que esto sea el prólogo al que sigan una colección de hechos, como una crónica, incomprensible. Y en ese sentido puedo garantizar que mi intención es que se aparten de las típicas memorias sólo para entretener al usuario o ensanchar pecho.

Y si a veces tengo que extenderme un poco apartándome del index temático general de las Web clásicas, es porque yo nací en un pueblo no dado a las grandes especulaciones metafísicas sino más bien a la transmisión de pensamientos y hechos, por la vía oral y no escrita. Esto también, en mi profesión de periodista, a caballo sobre la historia y la vida, me ha encasillado siempre en la tarea de testimoniar hechos en general en forma de narración personal, en tercera persona, y en forma de reportajes muy detallados.

La misma etimología de la palabra griega “DIASPORA” podría ser el editorial de lo que quiero incluir en el proyecto, en cuanto a mi pueblo y otros que han vivido sus diásporas.
 “Diaspora” significa en griego dispersión, disgregación, apartamiento de grupos por motivos étnicos, religiosos, políticos, sociales o la negación del derecho a ser pueblo con derecho a un desarrollo de su vida económica igualitaria y digna. Esa dispersión ha implicado con frecuencia la supresión hasta de su lengua, su cultura o su modo se ser, su identidad. El genocidio. Aquí se pretende los valores arrebatados.

La diáspora se extendió a finales del siglo XIX sobre todo referida al pueblo judío aunque los judíos mismos la denominaron con su léxico propio Gabat (exilio) o Tfutzot (“diásporas”) o “Éxodo” (exodus). Luego la palabra, sinónimo de exilio se aplicó a todo pueblo arrojado de su casa paterna por la fuerza de la tiranía.

La expulsión de la propia tierra por estados omnipotentes y corruptos, desde el militarismo nazi-fascista o comunista hasta el los surgidos de imperios mantenidos por el espíritu egoísta de las multinacionales que lo devoran todo y no dejan a los pequeños, ni un pedazo de tierra en que sobrevivir, es el común denominador de las dictaduras.

El totalitarismo ha generado Diásporas que se unen en la cúspide y en el fondo por el desarraigo, las necesidades vitales no alcanzadas, la supresión de los derechos humanos y de los pueblos.

La idea de crear algo bajo un nombre no es propiamente mía, sino de un gran hombre, el poeta vasco Agustín Chaho que quería generar un medio para unir a todos sus hermanos modificando el viejo lema vasco “Zazpiak-Bat” (Los siete en uno), los siete estados vascos en uno, por el de “Zortziak-Bat” (los ocho en uno) siendo el octavo el de la etérea DIASPORA. Porque todos cabíamos así en ella. Todos en uno.

Eso es lo que queremos para todos los que se ven obligados a acoger a otras diásporas. Nosotros tuvimos suerte, conseguimos huir y dejar el suelo de nuestros padres, recogimos nuestras mochilas y nuestras tiendas (no las enterramos) y nos fuimos a plantar la tienda fuera, al otro lado del mar. Si la aspereza del camino y las incomodidades de la tienda nómada montada en otro suelo, fue algo que nos hizo sufrir al principio encontramos siempre un hombro amigo y seguimos adelante, como otros antes. Pedíamos solo que nos dejaran en paz, con nuestros derechos de hombres libres, nada más. Lo conseguimos. Y no era poco. Otros fueron arrojados a punta de metralleta en nuevas celdas.

Tuvimos suerte. A lo sumo algunos se sentaron a la puerta de la tienda y más bien, como dice el proverbio árabe, esperaron “a ver pasar el cadáver de tu enemigo”. Y así están desde el Neolítico. Otros se entregaron a la acción en general no violenta, salvo excepciones que el pueblo nunca aprobó.
 
También tuvimos todos que aprender a llorar a muchos de los nuestros, victimas de la guerra civil española y de una posguerra incivil y genocida. Y los desaparecidos que nunca volvieron o los enterrados en tumbas sin cruz. Ojalá otros pueblos, logren evitar ese holocausto. Esos holocaustos. Y no fuimos apátridas inorgánicos sino que nos adaptamos y cooperamos en buenas causas lo que nos ayudó a sentirnos siempre miembros de una comunidad humana, sin definición de derecho, con el valor jurídico de lo no escrito. Quedó siempre intacta la solidaridad. Y eso, lo que ofrecemos a quienes se encuentran en condiciones análogas o peores de las que un día atravesamos, como hermanos que somos, en nuestra tierra…

Ojalá tampoco se vean arrastrados como otros antes por la marea de los pueblos cansados o enfermos -especialmente en el Tercer Mundo- que terminan por desaparecer.  La consigna es buscar claves en su pasado, y la voluntad de construir su porvenir, por encima de los enterradores y a pesar de ellos. Ese es nuestro norte: un futuro en paz para todos, construida por todos. La historia sin lirismos es un acto de fe en el hombre.

DIASPORA pretende ser la voz de un pueblo en marcha, sin necesidad de la banda militar de los grandes amos del mundo que nos marque el paso sino por el contrario nos encuentren listos para defendernos juntos. En pos de los que sufren bajo cualquier yugo. Todos pueden sumarse a nuestra voz y cantar algo que conjugue bien con aquel dicho de nuestro padre Simón Bolívar “Más vale una libertad peligrosa que una esclavitud tranquila”.





info@diasporaweb.es
<Arriba>