El genocidio del Tibet: la ley de Justicia Histórica hizo impunes a los asesinos de la cúpula china


Thubten Wangchen es director de la Casa del Tíbet y firmante de la querella por el genocidio contra su pueblo ante la Audiencia Nacional, en virtud del principio de justicia universal, a pedir la detención del expresidente chino Jiang Zemin y otros miembros de la cúpula del gigante asiático, un movimiento judicial que ha tensado las relaciones diplomáticas entre España y China.

El juez Moreno ordenó detener al expresidente de China Jiang Zemin y la Audiencia rechazó anular la orden de detención al expresidente chino.

El monje asegura: la práctica supresión de la jurisdicción universal promovida por el Gobierno de Mariano Rajoy que supone el archivo automático de la causa sobre los crímenes de lesa humanidad en el Tíbet, entre otros sumarios, es “una vergüenza para España”. Thubtens asistió en el Congreso al debate de la proposición de Ley Orgánica del PP para limitar la competencia de los jueces españoles sobre los delitos cometidos fuera del territorio nacional. No se quedó atónito, pero sí indignad.”Ahora los chinos tienen permiso para matar legalmente con licencia Marca España”-se le ocurrió decir.

Wangchen, nacionalizado español desde 1996, está acostumbrado a la intemperie. “En 1959, cuando los chinos invadieron mi país, yo tenía cuatro años. Mataron a mi madre y tuve que cruzar el Himalaya para instalarme en Nepal”, relata sin prisa. En Katmandú, el niño Thubten sobrevivió a base de mendigar. Con 16 años, después de trasladarse a India, el Dalai Lama lo acogió en su monasterio privado. “Pasé 11 años estudiando filosofía budista y en 1982 me trasladé a España como traductor de un lama en un templo budista de Ibiza”, recuerda.

La explicación de la Ley de Injusticia e Impunidad como la llaman varios portales, es respecto a China diferente que la bendición de los narcos internacionales, por ejemplo. El Gobierno de Rajoy ha desactivado una grave crisis diplomática y económica de España con China, dando un burdo carpetazo a la justicia universal y el proceso al régimen chino se ha borrado de la agenda política del PP.

“El 20% de los tibetanos han sido masacrados”

Desde España, Wangchen se ha dedicado a luchar —“siempre pacíficamente”— por la libertad del Tíbet, un territorio con una superficie que triplica la española y en el que la represión y las repoblaciones ordenadas y dirigidas desde Pekín han llevado a los seis millones de tibetanos a convertirse en una minoría en su propia tierra. Mientras implantaban en Tibet a millones de chinos, muchos con sus familias. “Desde 1959 la represión es constante. Hace pocos días seis niños de 15 y 16 años fueron encarcelados por hacer una pintada de Free Tíbet (Libertad para Tíbet). Desde 2009 un total de 125 jóvenes tibetanos se han autoinmolado. China ha infiltrado espías en los monasterios y se producen desapariciones de maestros budistas”, denuncia.

Wangchen se muestra muy agradecido por la “dignidad” que, según él, demostró la Audiencia Nacional al investigar los hechos relatados en su querella, y tiene claro que en la decisión de recortar a toda prisa la justicia universal fue un “gran toque” que ha dio al Gobierno chino respecto al gobierno español. El gigante asiático, que posee el 20% de la deuda española en manos extranjeras, ha presionado por vía diplomática al Ejecutivo de Rajoy para que fuerce el cierre del caso sobre el Tíbet.

“España tenía hasta ahora una consideración internacional de jueces fuertes, como no los tienen ni Estados Unidos ni Alemania. A partir de ahora España va a perder su valor internacional de defensa de los derechos humanos. Y lo va a hacer a cambio de dinero. Es una decisión poco sabia de Mariano Rajoy, pero en definitiva es la decisión de un pueblo, votadas y aprobada por mayoría en el Congreso y es una vergüenza para el país vender los derechos humanos y la libertad por yuanes”, se lamenta el director de la Casa del Tíbet.

Pese a las adversidades políticas, Wangchen no pierde la esperanza, aunque esta no venga ya de la justicia española. “El Gobierno chino no va a durar mucho, y los jóvenes chinos, a medida que tengan más acceso a la información, van a cambiar todo”, sonríe.

La declaración de independencia fue decretada por el XIII Dalai Lama tras su regreso al Tíbet después de la caída de la dinastía manchú en China, al llegar al poder Mao-TseDong. "Somos una nación pequeña, religiosa e independiente", dijo entonces Thubten Gyatso, restituido en su puesto. El sueño no tardó en desvanecerse. La llegada del comunismo a China en 1949, hacía prever lo peor. Luego durante la Revolución Cultural mao dio el tiro en la nuca a cientos de miles de chinos. Todo hacía temer lo peor. 



Y el 7 de octubre de 1950 las tropas de Mao Zedong atacaron con importantes efectivos y armas al pequeño ejército del Tíbet en Chamdo en el Kham (este del Tíbet).Tal acción militar de bajo rango, fue seguida de una nueva subyugación del Tíbet acompañada de la destrucción de miles de templos -a menudo utilizados como práctica de tiro-, el encarcelamiento de los opositores y el exilio del 14 y joven Dalai Lama. La intención era integrar al estado teocrático y feudal del Tibet a la República Popular China, sin apenas resistencia.

En 1954, el Dalái Lama, con solo 19 años, viajó a Pekín para mantener conversaciones de paz con Mao, y en 1956 lo hizo a la India, donde pudo conocer al Primer Ministro Nehru, a quién le solicitó apoyo. Pero la crisis continuó y se provocó la primera rebelión en dos provincias fronterizas con China.

El 10 de marzo de 1959 Lhasa se sublevó heroica y sin ninguna probabilidad de triunfo, para reafirmar su independencia. Las demostraciones fueron brutalmente reprimidas por los comunistas hasta la total ocupación del país. Excelente escusa. Los tibetanos, por miedo a que le pasara algo al Dalai Lama, se sentaron a su alrededor en Norbulingka, donde éste se encontraba. La petición del pueblo en su torno es el Dalái Lama se fuera, que se pusiera a salvo. Y una noche disfrazado de soldado y sin gafas huyó entre la multitud que rodeaba el palacio y caminó por los Himalayas junto a otros dirigentes hasta llegar a India, donde posteriormente fundarían la Administración Central Tibetana.

Se calcula que desde la ocupación de 1950 hasta la actualidad han muerto asesinados más de un millón de tibetanos. Además más del 90% de las instituciones religiosas y culturales han sido destruidas.

Actualmente hay unos 190.000 refugiados tibetanos que escapan de la persecución étnica, religiosa y política en el Tíbet bajo administración china, se calcula que unos 3000 escapan anualmente principalmente en India, Nepal y Bután.

El genocidio tibetano continúa hoy de una forma no tan violenta pero igualmente criminal mediante políticas de ingeniería social que consisten en la inmigración masiva de chinos al Tíbet y la asimilación forzosa de tibetanos a la cultura china; el gobierno chino exige a los tibetanos que abandonen su identidad étnica.

El Dalai Lama ha dicho al respecto:
Los tibetanos están convirtiéndose gradualmente en una minoría en su propio país debido a la inmigración china.

Diferentes figuras han apoyado tradicionalmente la causa tibetana, incluyendo famosas bandas musicales que participaron en el álbum Free Tibet, actores como Richard Gere, Oliver Stone, Sharon Stone, Steven Seagal, y otros

Tíbet ha cumplido el 100º aniversario de la proclamación de su independencia, el 13 de febrero de 1913, en medio de una encrucijada existencial. El Dalai Lama considera que la destrucción de su civilización milenaria podría ser irreversible ante el empuje de lo que describe como "genocidio cultural". La masiva migración de pobladores chinos, implantados por Pekin, la represión y la imposición de la educación china están marginando a los tibetanos, sus tradiciones y creencias. En lugares como Lhasa, han pasado a ser minoría.



Monasterios y aldeas cercados por miles de soldados. Refugiados que sufren la amputación de extremidades congeladas tras huir de la represión a través de montañas nevadas. Un centenar de monjes inmolados desde 2009 en un intento de llamar la atención de la comunidad internacional. "Vivimos una tragedia", asegura el primer ministro tibetano en el exilio, Lobsang Sangay, que días atrás suspendió los festejos del Año Nuevo lunar. "No tenemos nada que celebrar".

Las decenas de suicidios en las prefecturas autónomas de Aba y Ganzhi se han convertido en el último y más radical movimiento de oposición contra el dominio chino. Pekín ha respondido poniendo los 1.800 monasterios tibetanos que quedan en pie bajo la gestión de comisiones mixtas formadas por religiosos considerados menos beligerantes y funcionarios comunistas. Las autoridades han condenado en los últimos días a decenas de supuestos colaboradores o promotores de las inmolaciones.

Nada de ello ha logrado frenar la revuelta de los bonzos. Las acciones de los monjes forman parte de un endurecimiento de la postura tibetana, cuya población empieza a cuestionar abiertamente la estrategia de resistencia pacífica y renuncia a la independencia que propugnaba el Dalai Lama, dispuesto a aceptar una autonomía dentro de China. Los más jóvenes, organizados desde el exilio, han liderado las conmemoraciones del 100º aniversario, convertidas en símbolo de aspiraciones nacionalistas más ambiciosas. "Los tibetanos izaron su bandera nacional en 1913", asegura Dorjee Tseten, director de Estudiantes por un Tíbet Libre. "Es hora de hacerlo de nuevo".

Las autoridades chinas aseguran que su dominio de una región que consideran suya ha traído desarrollo económico, hospitales, infraestructuras y escuelas, mejorando la vida de la población y borrando el pasado feudal y teocrático que regía bajo los lamas. La propaganda china ha nombrado Lhasa, la capital tibetana, "la ciudad más feliz" del país cuatro de los últimos cinco años. "Su cielo es el más azul, sus nubes las más blancas, el agua la más limpia y su gente la más feliz", decía recientemente Che Dalha, secretario del Partido Comunista en la capital tibetana. "Las relaciones étnicas son armoniosas".

El Gobierno chino no permite que periodistas, ONG u organismos internacionales comprueben por sí mismos la supuesta satisfacción de los tibetanos. Los accesos a las prefecturas autónomas de Aba y Ganzhi llevan meses bloqueados.

Muchos medio europeos tienen vetada la entrada en el país desde que en marzo del año pasado se saltó esos controles para informar de la rebelión de los monjes. La comunidad internacional guarda silencio ante el cerco impuesto en Tíbet, hoy más que nunca víctima de los cambios geopolíticos que han convertido a China en una potencia económica y política. La prioridad estos días es el comercio con Pekín, no los derechos humanos de los cinco millones de tibetanos. Un número creciente de ellos ha llegado a la conclusión de que la única salida son acciones como la de Kalsang Kyab, el joven de 24 años que en noviembre se roció con queroseno antes de prenderse fuego ante la sede del gobierno local en Kyangtsa, en la prefectura de Aba. "Es mi deseo que el sol de la felicidad resplandezca sobre Tíbet", había dejado escrito.
Los nuevos héroes de la causa

Los bonzos, incluidos menores de edad, los considera la población local como los nuevos héroes de la causa, homenajeados como mártires pero la escasa difusión y eficacia de su protesta o el que los líderes religiosos la consideren contraria a las prácticas budistas, ha obligado a su declive. El Gobierno tibetano en el exilio dice que tampoco está a favor de las inmolaciones.

China endureció su política tras las revueltas que sufrió Tíbet en 2008, cuando una minoría rompió décadas de resistencia pacífica para atacar comercios y comunidades chinas en las calles de Lhasa. La respuesta de Pekín fue aumentar los controles, sentenciar a penas de muerte a los supuestos culpables y limitar el tiempo dedicado a las oraciones, extendiendo los programas de reeducación destinados a fomentar "el amor por la patria". Las fotografías del Dalai Lama, antes toleradas ocasionalmente, son ahora sistemáticamente confiscadas. Todo, desde los programas de radio al tono musical de los teléfonos móviles, permanece censurado. Y, sin embargo, los tibetanos comparten la sensación de que su mayor enemigo no son las detenciones o el cerco a sus monasterios, “sino el tiempo que se está acabando para Tíbet", según el Dalai Lama.